La ópera va al cine

A mucha gente la ópera no le gusta ni un poquito. Por desconocimiento o porque probaron y no les agradó. Y aunque al cine la mayoría lo tiene naturalizado como parte de la vida y lo disfruta, hay también a quien no le interesa casi nada y a unos muy pocos incluso les disgusta.

La Traviata de Giuseppe Verdi por Franco Zeffirelli (1982)

A quien no les guste para nada ni la ópera ni el cine, supongo que este artículo tampoco le va a interesar (dudo que ni siquiera me esté leyendo). Está dirigido a esa gran zona intermedia de mucho o poco gusto, desinterés o hasta disgusto con alguno de los dos géneros artísticos mencionados, con el fin de compartir algunas experiencias y sugerencias que hacen al cruce históricamente muy bizarro entre ambos, para explorar así la posibilidad de lograr un mayor conocimiento y un disfrute de cada uno y de su particular combinación.

La ópera nació en Italia entre fines del siglo XVI y principios del XVII como un intento Renacentista de revivir el carácter multimediático de la antigua tragedia griega, que había sido un espectáculo de masas que combinaba en forma integral narrativa teatral con poesía,  actuación, canto solista y coral, danza, música instrumental y artes plásticas. Aunque el arte lírico nació como un experimento elitista cortesano, rápidamente se aburguesó y comercializó al punto de convertirse en el género más popular y de más audiencia del siglo XIX y principios del XX.

Por esta misma época el cinematógrafo inventado en Francia por los hermanos Lumiere tomaría la posta de la ópera en cuanto a espectáculo público, aunque ampliando por sus bajos costos su alcance en términos de llegada a grandes públicos, al tiempo que empezaba plenamente con la Gran Depresión el fenómeno social conocido como ‘cultura de masas’, siempre en aumento en las décadas siguientes gracias a los avances de la tecnología y los medios de comunicación.

Carmen de Georges Bizet por Cecil B. DeMille (1915)

Apenas superada muy temprano la barrera del audio, el cine también se convirtió en un espectáculo multimediático que compensaba la falta de la cercanía que da la presencia en vivo de sus intérpretes con la amplificación de su imagen y la mayor velocidad y amplitud narrativa que permitía la técnica. El prestigio y fuerza popular todavía vigente de la ópera llevó a que ya desde los inicios del cine se la intentara trasladar a la pantalla, incluso en su etapa previa muda (sic). Pero la gran llegada que tenían ambos géneros masivos no se potenció mutuamente, más bien al contrario, y muy pronto quedó en claro que la simbiosis era estéticamente muy problemática en cuanto manejaban lenguajes a veces opuestos.

No voy a extenderme aquí sobre las dificultades conceptuales y materiales de esta compleja combinación, ya que fue brillantemente abordado en más de una ocasión por especialistas, y remito para ello a un trabajo muy interesante presentado en la Universidad de Salamanca por el investigador Francisco Parralejo Masa.

La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeus Mozart por Ingmar Bergman (1975)

Sólo voy a consignar para quien no lo supiera que personalmente amo a la ópera y al buen cine desde muy temprano en mi vida con esa pasión típica de los fanáticos, los nerds y los coleccionistas maniáticos obsesivos. Y que me duele en el alma saber que tanta gente, por falta de familiaridad, se pierde de gozar de una de las manifestaciones humanas más ricas y complejas existentes. Por otro lado, estoy convencido de que la ópera filmada es una excelente vía de aproximación al mundo del drama lírico, sobre todo hoy cuando se la puede acceder desde casa sin costo y en segundos gracias a la disponibilidad de la web.

Por eso dediqué un programa de radio entero al tema hace un tiempo, el audio de una hora puede escuchárselo aquí:  PROGRAMA DE RADIO SOBRE OPERA FILMADA.  Y para sustanciar mejor los muchos datos y reflexiones que compartía acerca de esta compleja y a veces muy feliz unión de ópera y cine, un día antes de la emisión de ese programa creé una página web con muchos links y algunas imágenes de apoyo.

Madama Butterfly de Giacomo Puccini por Frédéric Mitterrand (1995)

Porque el arte es por lejos una de las mejores cosas que me han pasado en la vida y que nos pueden pasar como sociedad, y siendo la ópera y el cine dos formas en su momento tan populares de arte, es legítimo sospechar que, más allá de los propios gustos inmediatos, pueden tener mucho para ofrecernos, sobre todo pensados en forma combinada.

Pero… como ya dije que esa combinación tiene elementos que chocan entre sí, y el hecho es que a mi juicio solamente hay un puñado de producciones (digamos entre 20 y 40) que podría considerarse que logran ese súmmum de experiencia estética y una posible introducción efectiva a la ópera para quien no se hubiera metido mucho en el tema y pudiera tener alguna curiosidad.

Maria Callas como Tosca de Giacomo Puccini en la versión de Franco Zeffirelli televisada en Londres en 1964

Como suele pasar con las mejores cosas de la vida, la mayor parte del resto de las otras cientos o miles de versiones que uno pudiera encontrar en YouTube a mi juicio dan el resultado exactamente opuesto de alejamiento: demasiadas veces vi a alguien tomar contacto por primera vez con la ópera a través de alguna mala versión en el Teatro Colón y perder desde entonces y para siempre todo entusiasmo o interés por el género.

De ahí mi deseo de dedicar este post hoy, a 41 años exactos de la muerte de la gran María Callas, a una exhaustiva y didáctica introducción como cicerone a la ópera filmada como canal de acceso y profundización de nuestro contacto con la emoción y la reflexión estéticas.

La Boheme de Giacomo Puccini por Baz Luhrmann (1993)

Este post se continúa entonces más abajo en el link a la página que dije que había dedicado al tema. ¡¡¡Espero que haya interesado lo suficiente como para visitarla aunque sea un minuto!!!

http://www.jbrignone.com.ar/operafilmada.html

Cosi fan tutte de W. A. Mozart por Michael Haneke (2013)

Jerry Brignone, 16 de septiembre de 2018

La belleza de un ciervo sagrado

La aparición de un cineasta griego que logre que la cinematografía de ese país trascienda el reducido circuito local helénico o el elitista de los festivales de cine hacia un reconocimiento comercial e internacional más amplio es una gran alegría para los amantes del buen cine y de la cultura griega.

Reconozcámoslo: la experiencia de acercarnos al cine realizado en Grecia es más bien pobre o decepcionante, sobre todo ante las expectativas que pudiéramos traer por la trascendencia de ese país para la historia de la identidad occidental. Aunque los filohelenos atesoramos un puñado de películas muy queridas, la realidad es que no son cien por cien griegas, porque las películas que cruzaron fronteras llevaban insitas en la construcción de su ‘ser helénico’ una relación muy fuerte con lo extranjero, reflejando lo ocurrido con la independencia del siglo XIX respecto del yugo turco otomano pero bajo el patronazgo de las otras potencias europeas de entonces.

La mirada de Ulises, T. Angelopoulos

Hace tres años dicté en la Universidad de Buenos Aires un curso cuatrimestral gratuito donde proyectamos y analizamos desde la perspectiva de la semiótica social y los procesos de construcción imaginaria de identidades sociales once películas estrenadas entre 1960 y 2003 que tematizaban este interrogante sobre la identidad de los griegos contemporáneos y su relación con sus míticos antepasados ante sí mismos y respecto del extranjero.

Las once películas eran de muy buenas a excelentes, algunas filmadas o producidas por capitales griegos, otras claramente foráneas pero con asunto, personajes o actores griegos o de ese origen, y su elección obedecía obviamente a la temática abordada. Incluían dos de los ejemplos más tempranos, emblemáticos y fundantes: ‘Nunca en domingo’ de Jules Dassin y ‘Zorba el griego’ de Michel Cacoyannis.

Nunca en domingo, J. Dassin

La de Dassin, un prodigio cinematográfico por donde se la mire, es muy griega y filmada en el Pireo con mayoría de actores del país, pero fue escrita, dirigida y coprotagonizada por un norteamericano (aunque el apellido confunde, era un intelectual de Connecticut exitoso en Hollywood perseguido por la inquisición macartista). Y en ‘Zorba’, los tres protagonistas estaban encarnados por actores extranjeros (el mexicano Anthony Quinn, el inglés Alan Bates y la rusa Lila Kedrova), con un director que prefirió afrancesare el nombre para que pudiera circular en el extranjero. En ambas el idioma inglés supera ampliamente al griego y están claramente narradas desde la perspectiva de un extranjero angloparlante.

Zorba el griego, M. Cacoyannis

Cuando pienso en películas verdaderamente extraordinarias que me atrevería a incluir entre las mejores –digamos– cien vistas en mi vida, no puedo incluir ninguna ciento por ciento griega. Y ello pese a que allí hay cine desde un principio y que tuvo una Época de Oro como el cine argentino o mexicano de las décadas del 30 al 50, aunque un poquito más tarde, dado que no ayudaron las tremendas contiendas bélicas que debieron atravesar la primera mitad del siglo, incluida la guerra civil a fines de ese período.

Como en Italia pero con menos inversión industrial, el Plan Marshall trajo una sensación de bonanza en el esparcimiento de masas que se tradujo en una gran producción de comedias en blanco y negro y luego en color, muchas musicales y en un tono siempre costumbrista, a veces turístico, menos veces dramático o policial, y que si hoy se siguen dando en la televisión con un espíritu similar al de nuestros canales Volver o Cine.ar TV del INCA, convocan más bien a la nostalgia o a un gusto asumidamente camp por el cine de culto, sea por demodé, por berreta o por malo.

Rebetiko, C. Ferris

Los siete duros años de la dictadura de los coroneles (1967-1974), como en la inmediatamente posterior en Argentina, no ayudaron a la industria, y el regreso de la democracia trajo algunos productos bien nacionales interesantes y estéticamente prolijos como la ‘Ifigenia’ de Cacoyannis de 1977 y ‘Rebétiko’ de Costas Ferris en 1983, pero no lograron marcar una tendencia. Más bien hubo comedias torpes y dramas sociales autocompasivos y lamentosos que terminaban siendo bastante aburridos. Y más tarde el típico cine experimental para festivales cercano a la estudiantina que cada tanto los filohelenos corríamos a ver religiosamente en el BAFICI de Buenos Aires, contentos de escuchar a actores griegos hablando su lengua pero luego un poco tristes por no haber visto –una vez más– una gran película.

Ifigenia, M. Cacoyannis

Tres nombres lograron trascender y destacarse en el panorama internacional: uno de ellos es el ya mencionado Michel Cacoyannis, que también lo escriben a la inglesa Michael y Mihalis a la griega con fonética inglesa, lo que ya es todo un símbolo de su extensa formación temprana fuera de Grecia, en Inglaterra. Obtuvo cinco nominaciones al Oscar por ‘Zorba’, ‘Ifigenia’ y ‘Electra’ pero, su éxito no significó haber dejado una impronta por particularmente creativo o innovador.

Z, Costa-Gavras

Otro es el caso de Costa-Gavras. Su nombre, seudónimo de Konstantino Gavras, también refleja concesiones propias de su larga estancia formativa en el extranjero, en este caso Francia, pero de ningún tipo en los contenidos: todas sus películas hasta la fecha sostuvieron explícitamente una denuncia política valiente y admirable en producciones internacionales con actores famosísimos. Algunos son peliculones memorables y merecidamente multipremiados, como ‘Z’, ‘Estado de sitio’, ‘Missing’, ‘La caja de música (Mucho más que un crimen)’, ‘Mad City’, ‘Amén’ y varias más. Sin embargo griega-griega no hay ninguna, exceptuando que ‘Z’ se basa en una novela de ese país sobre el asesinato de un diputado que anticipó la dictadura de los coroneles, pero la trama transcurre en un sitio indeterminado y en francés con actores franceses (excepto Irene Pappas).

La mirada de Ulises, T. Angelopoulos

Theo Angelópoulos es un fenómeno diferente: su breve e intenso paso formativo por París simbolizan su esteticismo europeísta, pero sus películas son todas bien griegas. Como otros países con cinematografías luchando por abrirse paso, tuvo que recurrir al viejo truco de incluir como protagonistas a actores famosos extranjeros como Marcello Mastroianni, Bruno Ganz, Jeanne Moreau, Harvey Keitel y Erland Josephson, tal como nosotros hicimos en Argentina ya retornada la democracia (pienso en las protagonizadas por Mastroianni, Gian María Volonté, Liv Ullman, Julie Christie, José Sacristán o Imanol Arias). De todos modos, confieso que, más allá de su vuelo estético y que me gusta su cine, a veces me aburre por pretencioso, con sus planos interminables que le perdono a Tarkovksy o a Dreyer porque apuntan a lo místico en la esencia y los resultados, pero que en él tienen algo de pose que no me agrada.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

En fin, los mencionados están muertos o ya demasiado grandes, y como filoheleno amante del buen cine me alegró mucho ir viendo cómo un joven griego llamado Yorgos Lanthimos fue armándose un nombre ya desde su primera nominación al Oscar como mejor película extranjera en 2009 hasta su última película ‘The Favourite’, que acaba de ganar ayer el Gran Premio del Jurado en el Festival de Venecia, el premio a la mejor actriz protagonista y fue híper bien recibida por la crítica (supongo que acá la veremos recién el año que viene, ¡ufa!).

Yorgos Lanthimos (derecha) dirigiendo a Colin Farrell (centro)

Las dos primeras de estas últimas cinco películas tan reconocidas en los Oscar, Cannes, Venecia, Bafta y varios otros festivales, además de los de su país, son cien por cien griegas: ‘Kynodóndas’ (‘Canino’ o ‘Dogtooth’) y ‘Alps’. Las tres siguientes, dado el éxito de las primeras, tienen capitales y escenarios extranjeros con actores internacionales de trayectoria (Nicole Kidmann, Emma Stone y John C. Reill, y dos veces Colin Farrell, Rachel Weisz y Olivia Colman). Muchos argentinos vieron en televisión en el canal I-Sat ‘Canino’ y ‘Langosta’ (‘Lobster’), sin duda películas muy raras y que a mí me agradaron –al igual que ‘Alps’–, pero no me enloquecieron. Si hubiera sido por esas tres obras, no estaría escribiendo este artículo. Pero cuando fui a ver ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ (‘The killing of a sacred deer’), apenísimas empezada sentí que estaba delante de uno de esos grandes directores que a uno le conmueven radicalmente la existencia. Definitivamente. Y heme aquí.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

No soy crítico de cine o de arte, no sé ni me gusta analizar películas: cuando una buena obra de arte me conmueve quedo literalmente mudo y después no sé qué decir (me pasa lo contrario con el mal arte, que me produce una larguísima serie de insultos explícitos o sublimados que no se agota hasta que llego a compensar el disgusto sufrido). Sin embargo, semanalmente en mi programa de radio abordo alguna producción que considero particularmente valiosa narrando algunos detalles de color, algún elemento no spoilero de la trama y aludiendo a evocaciones, emociones específicas y el entusiasmo que me pueden provocar a mí o al invitado de turno.

De izquierda a derecha: Keoghan, Kidman, Lanthimos y Farrell en Cannes

En el caso de esta película de Lanthimos puedo decir que, como en sus obras previas, admiré los fortísimos riesgos asumidos por el director, empezando por el clima surrealista que genera la demarcación actoral, muy inusual y bizarra, y doblemente loable en cuanto se prestaron a ella luminarias como Nicole Kidman y Colin Farrell, ambos artistas que admiro inmensamente porque son gente linda y talentosa que se juega muy seguido también a elecciones de mucho riesgo y que ya me predispusieron favorablemente por su mero estar ahí: cuando el alto riesgo se equipara con alta calidad, las mandíbulas se me caen como a cualquier troglodita frente a un buen artista de circo. Los jovencitos están también fantásticos, muy particularmente Barry Keoghan, que tuvo unas cuantas nominaciones y premios por este papel.

Barry Keoghan en El sacrificio de un ciervo sagrado

La acción transcurre en Estados Unidos y desarrolla la típica trama de una familia de la alta burguesía cuya paz aparente se ve interrumpida por la irrupción de un extraño (Keoghan). Como en toda muy buena película, no importa tanto qué pasa como cómo se lo muestra. Se nota que el director también hace teatro, y a mí me hizo recordar mientras la veía a lo mejor de Haneke (sobre todo el de ‘Cachet’ o ‘Escondido’ o el de ‘Family games’), de Kubrick (particularmente de ‘El resplandor’) y de Pasolini (el de ‘Teorema’ y ‘Saló’). Lo que ya da una idea de la inquietud visceral que genera la obra, presentada en los medios como un thriller psicológico o sencillamente como una película de terror, que es el sentimiento que va in crescendo desde un primer momento hasta el final. Pero de la mano de una emoción estética que tiene que ver con la belleza en su más pura expresión, la del buen arte sincero, articulado e inteligente, y que aquí tiene toda la fuerza de la tragedia griega, sin olvidar otro componente intrínseco de la misma: el humor irónico, que aquí lo hay por demás y a veces con los recursos del teatro del absurdo a los que Lanthimos es tan proclive.

Colin Farrell y Nicole Kidman en El sacrificio de un ciervo sagrado

Después de mi larga introducción sobre mi percepción del cine de Grecia, cualquiera podría con todo derecho objetarme: ¿Y qué tiene de griego esta película, exceptuando al director? Bien, elípticamente (según él no estaba en la idea original de la obra) el título, la acción y una mención tangencial aluden a la tragedia de Eurípides ‘Ifigenia en Áulide’, donde para poder partir hacia la guerra de Troya su líder, Agamenón, debe sacrificar a su propia hija Ifigenia por orden de la diosa Artemisa para compensar la matanza que él había realizado por error de un ciervo sagrado en el bosque de la diosa (cierta tradición mitológica y literaria harán que luego Artemisa reemplace a la chica en el altar del sacrificio por otro ciervo sagrado). Pasolini afirmaba: “Los griegos tenían razón cuando decían que los pecados de los padres los pagan los hijos.” Y agregaba: “Es inevitable que así sea. Porque además así debe ser”.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

Cuando hace unos años, después de ver ese canto del cisne del genial octogenario Sidney Lumet que es ‘Antes que el diablo sepa que estás muerto’, salí del cine destruido y sin poder hablar por horas, sentí que por primera vez desde hacía mucho tiempo vivía el desgarro interior monstruoso asociado con la contemplación de la tragedia griega y sus crímenes familiares, la catarsis depurativa por el terror que menciona Aristóteles al caracterizar su esencia. Aquí viví lo mismo, ayudado por la banda sonora, potentísima, de música académica religiosa de distintos autores como Bach y Schubert, pero sobre todo de contemporáneos como Ligeti y la Gubaydulina, entre otros, que evoca esa vivencia de lo sagrado irrumpiendo en su forma más oscura y terrible: la de la justicia divina, inexorable y ausente de toda maldad.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

En suma, tuve el impulso de sentarme y compartir esto porque rara vez –no sé, digamos, cada dos años– tengo la impresión de haber visto una gran obra, de esas que le dan sentido por su mera existencia a la historia toda de la humanidad. Y en esto pido casi disculpas de que en mi vida el arte tenga esa dimensión tan central y fundamental psicológica, filosófica y religiosa, porque soy consciente de que para otros no es así o de que desde luego no los (con)mueven las mismas obras. Pero confío en que estos jirones de frases e imágenes puedan inspirar alguna curiosidad por ver esta pieza en particular, que ya por su misma calidad a mí me redime al cine griego moderno. Lanthimos y la belleza de su ciervo sagrado mediante.

Por lo que le estoy entonces tan, pero tan agradecido.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

 

Jerry Brignone, 9 de septiembre de 2018

 

El tzatziki, la Cámpora, el acordeón y el Partenón

Cuando fui hace 22 años por primera vez a Grecia, descubrí el tzatziki, una salsa/ensalada de pepino, ajo y yogur que me enloqueció y que traté de aprender de las mejores cocineras, restaurantes y tías incluidas. A la vuelta consideré seriamente fundar una religión alrededor de eso y me enteré por sitios web que otras personas en el mundo habían pensado lo mismo. Les enseñé a mi madre y mis hermanas y mis sobrinas la receta, quienes ahora lo preparan mucho mejor que yo y en mi familia todos son fanáticos.

Mi madre le enseñó a una empleada doméstica suya que también se fanatizó, y que al mismo tiempo trabajaba para un alto (…) directivo de La Cámpora del barrio, ése que anduvo con la griega bardera y bailó por un sueño. Todos los domingos los muchachos de la cúpula de la agrupación se reunían en su casa para chupar y morfar mientras debatían sus negocios y temas de militancia. Y se hicieron todos fanas del tzatziki de esta señora, que le pedían siempre que hiciera para comer como dip, cada vez más y más mamados.

Todo esto antes de la caída en desgracia de la desgraciada agrupación en nuestro generoso y tan desagradecido país. ¿Efecto causal, casual? Cada uno de nuestros actos tiene consecuencias realmente insospechadas, apenas hace unos días me enteré del efecto patriótico de mi encuentro fortuito y destinal con el tzatziki. Y me nace decir, como dicen los helenos: ZITO I ELÁDA!!! (¡¡¡Viva Grecia!!!).

Su pasado, testimoniado en sus ruinas ahí presentes sigue siendo fuente de inspiración y de construcción artística y política para el presente, y se sigue expresando en cosas tan aparentemente triviales como el tzatziki, cuando no en un instrumento de tan baja alcurnia como el acordeón.

No lo toco (literalmente y en todo sentido) desde hace muchísimos años, pero dos colegas griegos, Mary Galanou y Dimitis Koronakis, me propusieron grabar una entrevista de una hora y media en griego sobre las muchas cuestiones astrológicas que rodearon y rodean la realización de la película que filmé en Italia hace once años ‘Bomarzo 2007’, basada en la ópera de Ginastera y Mujica Lainez.

La conversación la llamaron “Simposio astrológico” y la hicimos mientras comiendo ricas cosas marinas griegas (desde luego, con tzatziki), en una taberna frente al templo de Hefesto, al lado de la Acrópolis. Y para darle más aire argentino, me invitaron a tocar ‘La cumparsita” en un acordeón que había a mano, y lo hicimos con el Partenón como fondo, mientras pasaba la gente.

Como hace tanto tiempo no tenía contacto con el instrumento, la cosa suena muy accidentada, no tan bonita como me salía hace años, pero… si uno no se da algunos gustos y no aprovecha las oportunidades que le va dando la vida, realmente es un boludo. Esa palabra tan argentina. Y sino, pregúntenle a los chicos de la Cámpora.

Jerry Brignone, 19 de agosto de 2018

El verano y las tabernas en Atenas

Grecia es sinónimo para muchos de verano con su mar, sus playas, sus casitas blancas mediterráneas y una picada al aire libre bajo la luna y las estrellas… También sinónimo del escenario arquetípico de la taberna y la alegría de su música en vivo bebiendo, comiendo y bailando. Pero, paradoja, en Atenas no hay tabernas en verano.

¿Y esto a quién podría importarle? ¡Bueno, a mí muchísimo y me costó varios viajes convencerme! Hoy, recién regresado de una larga estadía estiva en esa ciudad y todavía embargado de fuertes y hermosas vivencias, sigo sintiendo la relevancia que podría tener el tema para cualquier persona interesada no sólo en Grecia sino también en los fenómenos culturales en general.

En mi caso no es para menos: me había enamorado perdidamente de ese país y de su cultura toda hace 25 años, a principios de los 90, justamente por una visita a una taberna, una de las últimas que quedaban en Buenos Aires, espacios maravillosamente decadentes (como en algunos casos, nuestras milongas) que habían sabido de tiempos mejores y que por entonces transitaban sus últimos estertores.

La taberna en cuestión quedaba en Montevideo y Córdoba. Un lugar del cual no sabía nada y que sólo tenía un cartel colgando en la puerta con la inscripción “Takis Taberna Griega”. Sin existir todavía Internet y con poquísima música griega en las disquerías, mi interés reciente por ese mundo musical que ya adivinaba fascinante me llevó a vencer mi timidez y por fin una noche animarme a meterme.

Estaba casi vacío, lo que me sirvió para relajarme e ir entrando en confianza. Después de un largo rato llegaron los músicos y empezaron a tocar, con uno de ellos cantando (el Takis del cartel, de apellido Delénikas). Y decididamente me gustó. Muchísimo, Esperaba cada tema cada vez con más ganas, mientras iban sumándose nuevos parroquianos, que habrán alcanzado a unos treinta. Me sorprendió ver que algunos se levantaban y bailaban en la pequeña pista: generalmente danzas de dos o de uno, y también alguna más grupal.

A medida que se iba caldeando progresivamente el clima, los bailarines se iban sucediendo, ninguno contratado para un show, sino los mismos clientes que asistían a la velada. Y lo que más me fascinaba, mientras caía en la cuenta, era la asombrosa diversidad de ese público: marineros que suponía griegos, claramente algunas prostitutas, gitanos en algunos casos de aspecto de cuidar, pero también ejecutivos de traje y corbata y familias enteras con sus viejitas venerables y los niños manejándose como en casa. Cada uno pasaba y tenía su momento de protagonismo, y cuando no, miraba con respeto al que estaba en ese momento adelante. En ciertas rondas grupales participaban casi todos, en una diversidad sociológica que me resultaba inconcebible en ningún otro contexto.

¡Y con esa música! Esa misma música que Jorge Luis Borges cantó en su poema “Música griega”, surgido de su atenta y reiterada escucha en ese mismísimo espacio donde yo estaba, cuando su esposa María Kodama tomaba clases de danza con quien después sería mi gran amigo, Jorge Dermitzakis, y Takis hacía trinar su buzuki y entonaba con su voz inconfundible esos temas hechos de puro espíritu. La comunión de esa música pitagórica de las esferas con esa festiva convivencia en la diversidad por el otro, más una justa dosis de bebidas espirituosas acompañando danzas tan vívidas y únicas, se me hacía en todo la figura de un paraíso aquí en la tierra, un arquetipo de lo totalmente posible porque de hecho estaba ocurriendo ahí. Si una palabra pudiera resumir lo que en ese espacio ocurría era “alegría”. Una alegría primordial como aclamación de la vida, simple y espontánea celebración de existir.

Cuando salí de la taberna esa noche, sabía que algo había sido profundamente conmovido dentro de mí y sin necesidad de meditarlo ni por un instante supe que había encontrado el mundo en el que quería vivir. Fue una experiencia en todo sentido iniciática y la segunda visita que mencioné no tuvo que ver ni por asomo con la desilusión, como a veces pasa con estas cosas sino, al contrario, con una plena confirmación. A los treinta y un años de edad fui enteramente poseído en cuerpo y alma por el espíritu de la Hélade y me preguntaba en qué había malgastado mis treinta años anteriores.

La plenitud que me causaba escuchar música griega y verla bailar naturalmente me llevó a querer aprender a bailarla y ser uno más con la gente de la taberna. Aprendí con una mujer en un local nocturno griego en Perón y Suipacha llamado “Oniro”, no muy entusiasmante como taberna pero no importaba: era griego. Lo mismo podía decir de “Fandasu”, traducción literal al griego del “Imagine” de John Lennon, de quien el dueño era fanático. No había muchas más opciones: el famoso sótano “Alexis” de Cerrito y Santa Fe había perdido su antiguo glamour y ahora era un bar de coperas donde lo único que se escuchaba de griego era una versión paupérrima de Zorba una sola vez en la noche. Por su parte, el legendario “Skorpios” de Santa Fe y Rodríguez Peña, que tanto hizo delirar a Buenos Aires en los 70 y parte de los 80, ya había cerrado hace rato y todos los otros poco a poco languidecían.

Como ya dije, me fascinaba el aire decadente de estos espacios que desaparecieron hace años por diversas variables económicas, incluyendo que los barcos griegos ya no atracan en nuestro puerto y que con los años los inmigrantes están cada vez más grandes o muertos. Me remitían a otro mundo, un poco marginal y un poco encantado. Takis cerró su local de la calle Montevideo y abrió otro en Humberto I y Entre Ríos llamado “Salónica”, pero convocaba poco público, excepto las trabajadoras que se morían de aburrimiento. Después se mudó a la taberna “Zorba” de Independencia a una cuadra de Entre Ríos, con mayor convocatoria, no sólo algunos marineros sino también muchos gitanos, ladrones confesos muy divertidos y muy de vez en cuando algún griego local o descendiente.

En casi todas mis visitas la pasé fantásticamente bien porque ahí también por fin me animé a salir a bailar, y luego cada vez más. Como sentía que me tenían cierto aprecio y esto me daba confianza, junté fuerzas y pedí cantar en griego con la orquesta mis dos tres caballitos de batalla que me sabía de memoria.

Estudiar el idioma para entender qué decían las letras me abrió nuevos caminos en la vida, pero la visita al país en cuestión era un hito inevitable, una Meca. Y fue confirmatoria y nuevamente iniciática: el primer viaje de un mes en el invierno griego y otro poco después de dos meses profundizaron este entusiasmo, y viví algunas experiencias nocturnas de taberna intensas con ese sabor de lo auténtico y músicos más sofisticados.

Cuando, años después empecé a por fin poder visitar el país en verano, como hacían la mayor parte de las personas que yo conocía y envidiaba por eso, empecé a buscar lógicamente el súmmum idealizado de la experiencia de taberna pero en los entornos igualmente idealizados del aire libre y demás. Y me tomó tiempo convencerme de que no era una cuestión de mala suerte, sino una realidad de la que me terminaron de persuadir varios residentes, el hecho de que el “formato taberna”, si bien menos popular y numeroso que hace unas décadas, en Atenas era un fenómeno más bien invernal. Porque el griego, con su excelente clima mediterráneo tan poco lluvioso, asocia necesariamente el verano con el aire libre, y ese escenario grupal festivo no pareciera adecuado a los patios abiertos en las veredas. Causa o consecuencia es que los mejores músicos también se toman vacaciones (para los griegos son sagradas) o, más lucrativamente, se van a trabajar a otros países con fuerte inmigración como Estados Unidos, Canadá, Australia o Alemania.

Pero porfiado, el que busca encuentra, aunque no encuentre exactamente lo que buscaba. Amo demasiado a esa ciudad, a la que en otros artículos le dedicaré más espacio, y una de mis pasiones desde mi primer encuentro es caminarla, caminarla y caminarla en todos sus recovecos y callecitas, y de a poco y con las horas de caminata diaria durante meses y a lo largo de los años pude ir descubriendo algunas cosas.

No quizás tabernas en el sentido hasta ahora expuesto, pero en Atenas en verano hay un clima musical, un entorno en el que por una razón u otra uno está siempre escuchando sonar alguna música, sobre todo griega. Desde luego hay decenas de locales de comida y bebida con mesas al aire libre para turistas e inclusive griegos, y muchos de ellos tienen dos o tres músicos tocando en vivo, generalmente con micrófono. Apiñados en el centro habrá unos veinte o más. Pero lamentablemente la rutina comercial orientada al extranjero hace que la perfomance de la mayoría de esos músicos que están ejecutando durante horas todos los días tenga cualquier cosa menos entusiasmo y, en muchos casos, menos todavía pericia técnica o calidad musical. En Grecia hay un término para esto: ‘skiládiko’ (skilos significa perro, o sea que los cantantes “ladran” como perros). Lo que a mi sensibilidad le causa el efecto contrario al deseado.

Poco a poco fui descubriendo sin embargo que en tal o cual lugar algunos días de la semana podían encontrarse músicos que ponían el alma en lo que hacían, contagiando el placer que les daba tocar y transmitiendo todo eso que pude haber vivido, aunque fuere de otra manera, en mis experiencias iniciales de taberna. Esa plenitud, esa alegría, esa emoción, esa exaltación, esa mística que no puedo adjudicar solamente a un gusto personal mío, sino a algo del orden de lo que Gurdjieff llamaba “el arte objetivo”.

Pude encontrar apenas tres o cuatro de estos lugares, no más, pero fueron un tesoro. Quedaban en mis calles favoritas de Atenas, en el centro histórico: Ermú, Adrianú y Mnisikléus. En una de ellas los músicos eran casi siempre distintos, nueve de cada diez casos, excelentes, y encima tocaban sin micrófono, lo que le daba un aura más especial todavía. Pocos parroquianos en un lugar maravillosamente desangelado, céntrico, en plena calle y con cero estrategias de seducción al turista, con artistas especializados en la rembétika, esa música que tiene un dejo de otro mundo, incluso oriental, y no sólo con guitarra y buzuki, esa especie de mandolina típica de la música griega, sino también con algún otro instrumento folclórico.

La música griega, aunque refiere en sus letras a ese dolor tanguero y quejoso, en general tiene esa alegría, esa vitalidad, esa luminosidad que es como un canto a la vida, pero hay que recordar que ellos también son los inventores de la tragedia. De hecho, tragudi, que en griego moderno es canción, tiene la misma base de tragedia, porque la tragedia se cantaba: declamada pero también con música. El antiguo ritual del dios del vino Dionisio con el chivo expiatorio, el tragos, que es la base del teatro y de la liturgia cristiana, tiene un pathos típicamente mediterráneo que en estos espacios se hace más que presente.

En lugares como éstos pasé literalmente casi todas mis noches de estos últimos largos viajes en Atenas, y como una parte de mi disfrute también es compartirlo, por eso este escrito. También lo hago casi semanalmente en mi programa de radio, del cual pueden escucharse los hasta ahora 200 programas en este link de aquí:  LINK,  donde a veces dediqué un programa entero a Grecia e inclusive  ESTE  a la taberna, emitido, como otros, desde Atenas. Y para quien guste meterse un poco más en esta música más allá de los comentarios del programa, comparto aquí un link de descarga de más de 150 temas en mp3 que fui juntando con los años e incluyen desde luego a la mayoría de mi favoritos:  MUSICA GRIEGA.

La taberna es una pieza clave del imaginario griego en su forma de concebirse a sí mismo y de cómo vemos a esa cultura, un lugar esencial en la construcción de su identidad: casi todas las películas en blanco y negro de la época del cine de oro de Grecia transcurren ahí. Sobre todo y arquetípicamente, esa maravilla cinematográfica de 1960 que es ‘Nunca en domingo’ de Jules Dassin, protagonizada por su esposa Melina Mercouri.

Desafortunadamente Buenos Aires no ofrece mucho lugares donde se pueda vivir esto: hemos tenido históricamente una pésima suerte con los restaurantes griegos (sea en cantidad como, sobre todo, en calidad, más allá de su éxito), y a falta de las verdaderas tabernas a las que me referí, ahora hay una fiesta grupal que algunas colectividades griegas organizan cada tanto y a la que llaman ‘taberna’, pero donde para mí están ausentes la calidad y la mística de todo lo descripto.

Como dije, a esa taberna de Takis Delénikas de la calle Montevideo venía seguido Jorge Luis Borges, que escuchaba muy atentamente, mientras María Kodama tomaba sus clases de danza griega. Y una noche escribió este poema, que le dictó por teléfono a Carlos Ulanovsky para publicar en Clarín en 1985, un año antes de morir, con el título ‘Música griega’:

Mientras dure esta música, seremos dignos del amor de Helena de Troya.
Mientras dure esta música, seremos dignos de haber muerto en Arbela.
Mientras dure esta música, creeremos en el libre albedrío, esa ilusión de cada instante.
Mientras dure esta música, seremos la palabra y la espada.
Mientras dure esta música, seremos dignos del cristal y de la caoba, de la nieve y del mármol.
Mientras dure esta música, seremos dignos de las cosas comunes, que ahora no lo son.
Mientras dure esta música, seremos en el aire la flecha.
Mientras dure esta música, creeremos en la misericordia del lobo y en la justicia de los justos.
Mientras dure esta música, mereceremos tu gran voz Walt Whitman.
Mientras dure esta música, mereceremos haber visto, desde una cumbre, la tierra prometida.

Jerry Brignone, 14 de agosto de 2018

Tango argentino en Atenas

Anoche tuve una experiencia surrealista que me hizo pensar (y sentir) mucho. Volvía a casa no muy tarde de haber estado tomando copiosamente y disfrutando música en vivo sin micrófono en una taberna griega aquí en Atenas, mi anteúltimo sábado en esta décima estadía de dos meses en esta ciudad bendita. La había pasado bien, los músicos eran muy buenos y había habido buena compañía, pero mi jornada ya había llegado al límite, así que decidí volver temprano caminando para despertarme al alba y seguir escribiendo la obra de teatro que quiero estrenar dentro de poco.

Volvía por la calle Ermú, mi calle favorita de Atenas y que conecta directamente esa taberna con el departamento en donde paro. La calle Ermú, de mi queridísimo Hermes, uno de mis Dioses tutelares, patrono de la amistad y amigo de los hombres, el mensajero que conecta los mundos divinos y humanos y a los seres entre sí (lo hermoso del politeísmo es que uno puede y suele ser bendecido por los favores de más de un Dios y ser su agradecido ahijado sin mayores celos entre ellos: me cuesta tomarme en serio a un dios celoso).

Ermú merecería un largo comentario, pero lo dejo para otro día. En su extremo oeste hay una zona que podría perfectamente adjudicarse por igual a Thissío, Petrálona, Gazi, Keramikós o Tecnópolis (los límites entre los barrios griegos son menos precisos creo que los de los barrios de Buenos Aires, quizás también porque son mucho más pequeños). Esa parte no tiene edificaciones residenciales, es más bien puro verde y algo de mármol y cemento, si tuviera que compararlo con algo de mi ciudad natal andaría entre el Parque Recoleta, Parque Lezama y Retiro. La cruzo muchas noches cuando decido volver a casa por debajo y sin subir la cuesta de la Acrópolis bordeando el monte Filopapos: a mi avanzada edad y con más de treinta grados de temperatura (escribo a fines de julio), estoy eligiendo caminos más llanos.

Mientras me acercaba, inconfundibles y tapando de a poco a las chicharras, se iban haciendo cada vez más presentes sones amplificados de tango. Tango argentino. Finalmente veo a algunas parejas bailando en una pequeña planicie de mármol pulido, sin mayor iluminación que la de los pocos faroles circundantes. No pude evitar acerarme y parar para mirar. Sobre una paredcita muy baja había sentadas otras personas mirando y conversando entre ellos, mientras desde un portátil bastante poderoso salía la música: un tema clásico de los cincuenta que no reconocí, al que le siguió otro mucho más actual de tango tecno.

Vencí la timidez crónica que me hizo perder tantas oportunidades en la vida y tomé asiento al lado de uno los muchachos que estaban sentados en la paredcita. Nadie me dio ni la más mínima bolilla. Aproveché para continuar mirando fascinado el baile. ¡Bailaban bien! ¡¡¡Pero muy, muy bien!!! Y claramente no eran profesionales, sino gente que hacía esto por placer. Cada vez más relajado, fui sintiendo fragmentos de conversaciones: no detecté ni una sola palabra en castellano (de hecho, en toda la noche), eran todos griegos hablando griego y luego parándose a bailar tango en una forma muy sentida, reconcentrada, para más adelante volver a sentarse y continuar mirando bailar al resto o conversando.

Entre sorprendido y emocionado, no sólo porque ésta era la música de mi ciudad, sino porque de hecho me gusta mucho y la toco desde chico en el acordeón y la paso con frecuencia en mi programa de radio, quería entender mejor qué era todo esto, y de nuevo vencí mi timidez y le pregunté finalmente al muchacho qué hacían. Me dijo que se juntaban todos los jueves y sábados a bailar tango (se ve que los jueves y sábados anteriores de milagro había decidido justo tomar otro camino, porque era la primera vez que oía y veía esta escena). Me las ingenié para deslizar enseguida que yo era argentino y que me gustaba mucho el tango, aunque no lo sabía bailar. El chico se sorprendió mucho: “¿Cómo que no bailás tango”? (todo esto desde luego en griego). “No. Soy argentino. La mayoría de los argentinos no bailamos tango. Quizás lo baila sólo un uno por ciento. No, un uno por mil.” Parecía una novedad y quedó más bien shockeado.

De inmediato le fue a hablar al mandamás y organizador de esta práctica que por lo visto lleva ya al menos cinco años, y nos presentamos. Un simpático señor de barba más o menos de mi edad que me dijo que se había enamorado del tango hace unos años y que en Atenas hay muchas “academias de danza” (al ateniense promedio le encanta ir a estos lugares donde aprende salsa, twist, fox trot, vals, flamenco y tango, entre otras cosas; después no sé si las baila mucho de hecho en algún lado) y también algunas tanguerías o milongas, pero que entendió que había una necesidad suya y de otras personas de bailar de una forma descontracturada esta danza, que para ellos se convirtió en algo así como el eje de su mundo interior, sin los códigos inhibitorios que a veces hay en esos lugares. Y sobre todo de un modo “free”, en el doble sentido inglés de libertad y gratuidad.

Yo sabía que en Atenas había tres o cuatro milongas por una alumna mía de griego, una médica apasionada del tango que había dado hace unos años una clase especial de una hora sobre el tema exclusivamente en griego , una práctica muy agradable a la que invito a transitar a los estudiantes del nivel superior de las clases que dicto en la Universidad. También sabía que el tango interesaba en general aquí porque una amiga mía, María Damilaku, había traducido el clásico “El Tango” de Horacio Salas y se había vendido muy bien. Y por otro lado, yo había abordado en conferencias y en la radio, ejemplificando, los orígenes similares e influencias recíprocas del tango y la música popular griega, la rebétika, que son tan evidentes que cualquiera que quiere oír las oye. Ambos orilleros, portuarios, lamento de inmigrante desclasado y fusión de diversas corrientes culturales, es mucho más lo que influenció el tango a la música griega que viceversa (además desde hace décadas hay decenas y decenas de tangos griegos propiamente dichos): por los marineros que iban y venían de los puertos de ambos países (yo llegué a conocer los estertores de ese intercambio hace un par de décadas en las tabernas de mi ciudad), no dudo de que la influencia es recíproca. Pero esto iba más allá.

Otro participante de estos encuentros me ofrece un licor exquisito preparado por él para esa ocasión. Adivino algunos ingredientes, otros desde luego me los explica él (algunos no los entiendo), un sanador New Age de mi edad que también había preparado un jalvá casero muy bueno para compartir con los otros compañeros. La franja etaria es bastante amplia: de veintipico a sesentipico. Me llama la atención lo lindos que son las chicas y los chicos, no dan en lo más mínimo el aspecto de nerds marginales, sino de personas muy sensibles e inteligentes con una gran emocionalidad y un mundo interior muy amplio que se evidencia en su danza y que a medida que va pasando la noche se va abriendo cada vez más y más a este extranjero, en sintonía con la proverbial hospitalidad griega.

Les digo que yo canto, desde luego en forma no profesional, pero que me encantaría cantar un tango, y enseguida cortan la música del aparato y, ayudándome con el celular de una de ellos para buscar las letras online, empiezo a cantar, obviamente a capella. Escucharon muy atentamente las primeras frases pero al toque empezaron a bailar. Así, conmigo cantando a capella y sin micrófono con pronunciación y estilo muy argentinos y sentidos un tango tras otro (Uno, Nada, Volver, Volvió una noche y Por una cabeza). Una experiencia totalmente mágica, por suerte o por desgracia no había acordeón a mano, sino me hubiera descontrolado. Pero las cosas volvieron a su cauce y después de aplaudir y agradecer, continuaron las danzas con la música grabada.

Sentado en la paredcita, veía en el fondo a los lejos las luces del monte Lykavitós, y las siluetas de las parejas danzando, ensimismadas, recortándose sobre la tenue luminosidad de los faroles. Las fotos que acompañan este texto dan idea creo de ese matiz onírico, oscuramente nocturnal. En más de un momento sentía que estaba literalmente en un sueño, no en la vida real, o en una película, quizás de los muertos vivos de Romero o en una de esas baratas y malas de los 80 que querían hacerse las progre copiándole recursos surrealistas a Fellini o a otros genios de la década previa. A mi derecha y sobre los coribantes brillaba arriba rojizo, plenamente en su poderío Marte, el dios Ares, y un poco más atrás Saturno, el Cronos griego. Y justamente en ese punto (la casualidad era sobrecogedora) yo había estado observando ese mismo día seis horas antes el anochecer, ya que hacia el oeste había una vista privilegiada desde donde había podido ver también a Júpiter o Zeus al lado de la Luna, y a la luminosa Afrodita del lucero vespertino, Venus, antecedida por Mercurio, Hermes, el dios de esta calle sobrenatural, fugazmente visible mordiendo la silueta del Monte Egaleo apenas se había ocultado Apolo, Helios o Febo. El sueño del pibe del astrólogo. Y del tanguero. Y del filoheleno.

El organizador de todo esto me dijo de un modo muy tajante que nunca viajó a Buenos Aires y que no le interesa ni en lo más mínimo, que no necesita eso. Y que no creía en las escuelas, que los que iban allí aprendían sólo mirando y haciendo (siento que exageraba, pero sería más que perdonable). Más tarde, una mujer creo un poco mayor que yo, excelente bailarina, me dijo que sí le gustaría alguna vez visitar ese lugar, yo la alenté: no puedo evitar suponer en los demás mi experiencia como filoheleno que cuando por fin visitó Grecia hace 22 años sólo supo de la felicidad. Ella hacía dos años que conoció y se enamoró del tango, pero lo practicaba con ahínco en clases e inclusive sola. Había estudiado alguna vez con Elvira, una chica descendiente de griegos que yo había conocido hacía añares y que había estudiado danzas griegas en Buenos Aires y después, cuando fue a vivir a Grecia, fue ahí que aprendió a bailar tango y empezó a enseñarlo. Cruce sugestivo.

Como este otro: en un momento le digo a uno de estos chicos que me encanta el tango de los 20 a los 70, más o menos, pero que después, fuera de Piazzolla, siento que el género murió, al menos para mí, que lo que ocurrió después no me interesa. Y que en cambio con la música griega, así como mi franja favorita es de los 20 a los 70 o poco más, siento que después supo seguir recreándose y que mucho de la producción posterior me gusta y la siento muy viva. Y él me dice sonriendo y de muy buen modo que a él le pasa exactamente eso pero al revés: le gusta el tango moderno y no soporta la música griega actual, que le parece que murió (punto en el que más o menos coincidimos en lo referido al mainstream). Me viene a la cabeza el Midnight in Paris de Woody Allen, cómo a veces idealizamos otra época para encontrar nuestra patria interior. Que en este caso no es tanto otra época como la otredad de un espacio suficientemente lejano como para que parezca distinto e idealizable, y al mismo tiempo con suficientes puntos de contacto con lo nuestro para poder sentir la afinidad que garantice una identidad. Porque Atenas, la mágica Atenas, y Buenos Aires tienen mucho, pero mucho en común. Y creo yo, por suerte, lo mejor.

Poco a poco cada uno se va despidiendo. El clima es tan amable, tan cordial, y el amor compartido hacia ese ente intangible pareciera generar lazos de bienestar tan tangibles. A las cuatro de la mañana termino de ayudar al que organizó todo a dejar todo limpio y a guardar sus cosas en el auto y nos despedimos. Sigo mi camino a casa por Ermú. El mundo es tan amplio, tan lleno de tantas sorpresas, secretos, espejos. Y entre cada alto del camino, cada hito, hay algo en el medio, intermedio, mediador, medio alma o sentimiento, medio vacío, como el aire del espíritu. Y respiro profundamente. Respiro.

Jerry Brignone, Atenas, 22 de julio de 2018.