La ópera va al cine

A mucha gente la ópera no le gusta ni un poquito. Por desconocimiento o porque probaron y no les agradó. Y aunque al cine la mayoría lo tiene naturalizado como parte de la vida y lo disfruta, hay también a quien no le interesa casi nada y a unos muy pocos incluso les disgusta.

La Traviata de Giuseppe Verdi por Franco Zeffirelli (1982)

A quien no les guste para nada ni la ópera ni el cine, supongo que este artículo tampoco le va a interesar (dudo que ni siquiera me esté leyendo). Está dirigido a esa gran zona intermedia de mucho o poco gusto, desinterés o hasta disgusto con alguno de los dos géneros artísticos mencionados, con el fin de compartir algunas experiencias y sugerencias que hacen al cruce históricamente muy bizarro entre ambos, para explorar así la posibilidad de lograr un mayor conocimiento y un disfrute de cada uno y de su particular combinación.

La ópera nació en Italia entre fines del siglo XVI y principios del XVII como un intento Renacentista de revivir el carácter multimediático de la antigua tragedia griega, que había sido un espectáculo de masas que combinaba en forma integral narrativa teatral con poesía,  actuación, canto solista y coral, danza, música instrumental y artes plásticas. Aunque el arte lírico nació como un experimento elitista cortesano, rápidamente se aburguesó y comercializó al punto de convertirse en el género más popular y de más audiencia del siglo XIX y principios del XX.

Por esta misma época el cinematógrafo inventado en Francia por los hermanos Lumiere tomaría la posta de la ópera en cuanto a espectáculo público, aunque ampliando por sus bajos costos su alcance en términos de llegada a grandes públicos, al tiempo que empezaba plenamente con la Gran Depresión el fenómeno social conocido como ‘cultura de masas’, siempre en aumento en las décadas siguientes gracias a los avances de la tecnología y los medios de comunicación.

Carmen de Georges Bizet por Cecil B. DeMille (1915)

Apenas superada muy temprano la barrera del audio, el cine también se convirtió en un espectáculo multimediático que compensaba la falta de la cercanía que da la presencia en vivo de sus intérpretes con la amplificación de su imagen y la mayor velocidad y amplitud narrativa que permitía la técnica. El prestigio y fuerza popular todavía vigente de la ópera llevó a que ya desde los inicios del cine se la intentara trasladar a la pantalla, incluso en su etapa previa muda (sic). Pero la gran llegada que tenían ambos géneros masivos no se potenció mutuamente, más bien al contrario, y muy pronto quedó en claro que la simbiosis era estéticamente muy problemática en cuanto manejaban lenguajes a veces opuestos.

No voy a extenderme aquí sobre las dificultades conceptuales y materiales de esta compleja combinación, ya que fue brillantemente abordado en más de una ocasión por especialistas, y remito para ello a un trabajo muy interesante presentado en la Universidad de Salamanca por el investigador Francisco Parralejo Masa.

La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeus Mozart por Ingmar Bergman (1975)

Sólo voy a consignar para quien no lo supiera que personalmente amo a la ópera y al buen cine desde muy temprano en mi vida con esa pasión típica de los fanáticos, los nerds y los coleccionistas maniáticos obsesivos. Y que me duele en el alma saber que tanta gente, por falta de familiaridad, se pierde de gozar de una de las manifestaciones humanas más ricas y complejas existentes. Por otro lado, estoy convencido de que la ópera filmada es una excelente vía de aproximación al mundo del drama lírico, sobre todo hoy cuando se la puede acceder desde casa sin costo y en segundos gracias a la disponibilidad de la web.

Por eso dediqué un programa de radio entero al tema hace un tiempo, el audio de una hora puede escuchárselo aquí:  PROGRAMA DE RADIO SOBRE OPERA FILMADA.  Y para sustanciar mejor los muchos datos y reflexiones que compartía acerca de esta compleja y a veces muy feliz unión de ópera y cine, un día antes de la emisión de ese programa creé una página web con muchos links y algunas imágenes de apoyo.

Madama Butterfly de Giacomo Puccini por Frédéric Mitterrand (1995)

Porque el arte es por lejos una de las mejores cosas que me han pasado en la vida y que nos pueden pasar como sociedad, y siendo la ópera y el cine dos formas en su momento tan populares de arte, es legítimo sospechar que, más allá de los propios gustos inmediatos, pueden tener mucho para ofrecernos, sobre todo pensados en forma combinada.

Pero… como ya dije que esa combinación tiene elementos que chocan entre sí, y el hecho es que a mi juicio solamente hay un puñado de producciones (digamos entre 20 y 40) que podría considerarse que logran ese súmmum de experiencia estética y una posible introducción efectiva a la ópera para quien no se hubiera metido mucho en el tema y pudiera tener alguna curiosidad.

Maria Callas como Tosca de Giacomo Puccini en la versión de Franco Zeffirelli televisada en Londres en 1964

Como suele pasar con las mejores cosas de la vida, la mayor parte del resto de las otras cientos o miles de versiones que uno pudiera encontrar en YouTube a mi juicio dan el resultado exactamente opuesto de alejamiento: demasiadas veces vi a alguien tomar contacto por primera vez con la ópera a través de alguna mala versión en el Teatro Colón y perder desde entonces y para siempre todo entusiasmo o interés por el género.

De ahí mi deseo de dedicar este post hoy, a 41 años exactos de la muerte de la gran María Callas, a una exhaustiva y didáctica introducción como cicerone a la ópera filmada como canal de acceso y profundización de nuestro contacto con la emoción y la reflexión estéticas.

La Boheme de Giacomo Puccini por Baz Luhrmann (1993)

Este post se continúa entonces más abajo en el link a la página que dije que había dedicado al tema. ¡¡¡Espero que haya interesado lo suficiente como para visitarla aunque sea un minuto!!!

http://www.jbrignone.com.ar/operafilmada.html

Cosi fan tutte de W. A. Mozart por Michael Haneke (2013)

Jerry Brignone, 16 de septiembre de 2018

La belleza de un ciervo sagrado

La aparición de un cineasta griego que logre que la cinematografía de ese país trascienda el reducido circuito local helénico o el elitista de los festivales de cine hacia un reconocimiento comercial e internacional más amplio es una gran alegría para los amantes del buen cine y de la cultura griega.

Reconozcámoslo: la experiencia de acercarnos al cine realizado en Grecia es más bien pobre o decepcionante, sobre todo ante las expectativas que pudiéramos traer por la trascendencia de ese país para la historia de la identidad occidental. Aunque los filohelenos atesoramos un puñado de películas muy queridas, la realidad es que no son cien por cien griegas, porque las películas que cruzaron fronteras llevaban insitas en la construcción de su ‘ser helénico’ una relación muy fuerte con lo extranjero, reflejando lo ocurrido con la independencia del siglo XIX respecto del yugo turco otomano pero bajo el patronazgo de las otras potencias europeas de entonces.

La mirada de Ulises, T. Angelopoulos

Hace tres años dicté en la Universidad de Buenos Aires un curso cuatrimestral gratuito donde proyectamos y analizamos desde la perspectiva de la semiótica social y los procesos de construcción imaginaria de identidades sociales once películas estrenadas entre 1960 y 2003 que tematizaban este interrogante sobre la identidad de los griegos contemporáneos y su relación con sus míticos antepasados ante sí mismos y respecto del extranjero.

Las once películas eran de muy buenas a excelentes, algunas filmadas o producidas por capitales griegos, otras claramente foráneas pero con asunto, personajes o actores griegos o de ese origen, y su elección obedecía obviamente a la temática abordada. Incluían dos de los ejemplos más tempranos, emblemáticos y fundantes: ‘Nunca en domingo’ de Jules Dassin y ‘Zorba el griego’ de Michel Cacoyannis.

Nunca en domingo, J. Dassin

La de Dassin, un prodigio cinematográfico por donde se la mire, es muy griega y filmada en el Pireo con mayoría de actores del país, pero fue escrita, dirigida y coprotagonizada por un norteamericano (aunque el apellido confunde, era un intelectual de Connecticut exitoso en Hollywood perseguido por la inquisición macartista). Y en ‘Zorba’, los tres protagonistas estaban encarnados por actores extranjeros (el mexicano Anthony Quinn, el inglés Alan Bates y la rusa Lila Kedrova), con un director que prefirió afrancesare el nombre para que pudiera circular en el extranjero. En ambas el idioma inglés supera ampliamente al griego y están claramente narradas desde la perspectiva de un extranjero angloparlante.

Zorba el griego, M. Cacoyannis

Cuando pienso en películas verdaderamente extraordinarias que me atrevería a incluir entre las mejores –digamos– cien vistas en mi vida, no puedo incluir ninguna ciento por ciento griega. Y ello pese a que allí hay cine desde un principio y que tuvo una Época de Oro como el cine argentino o mexicano de las décadas del 30 al 50, aunque un poquito más tarde, dado que no ayudaron las tremendas contiendas bélicas que debieron atravesar la primera mitad del siglo, incluida la guerra civil a fines de ese período.

Como en Italia pero con menos inversión industrial, el Plan Marshall trajo una sensación de bonanza en el esparcimiento de masas que se tradujo en una gran producción de comedias en blanco y negro y luego en color, muchas musicales y en un tono siempre costumbrista, a veces turístico, menos veces dramático o policial, y que si hoy se siguen dando en la televisión con un espíritu similar al de nuestros canales Volver o Cine.ar TV del INCA, convocan más bien a la nostalgia o a un gusto asumidamente camp por el cine de culto, sea por demodé, por berreta o por malo.

Rebetiko, C. Ferris

Los siete duros años de la dictadura de los coroneles (1967-1974), como en la inmediatamente posterior en Argentina, no ayudaron a la industria, y el regreso de la democracia trajo algunos productos bien nacionales interesantes y estéticamente prolijos como la ‘Ifigenia’ de Cacoyannis de 1977 y ‘Rebétiko’ de Costas Ferris en 1983, pero no lograron marcar una tendencia. Más bien hubo comedias torpes y dramas sociales autocompasivos y lamentosos que terminaban siendo bastante aburridos. Y más tarde el típico cine experimental para festivales cercano a la estudiantina que cada tanto los filohelenos corríamos a ver religiosamente en el BAFICI de Buenos Aires, contentos de escuchar a actores griegos hablando su lengua pero luego un poco tristes por no haber visto –una vez más– una gran película.

Ifigenia, M. Cacoyannis

Tres nombres lograron trascender y destacarse en el panorama internacional: uno de ellos es el ya mencionado Michel Cacoyannis, que también lo escriben a la inglesa Michael y Mihalis a la griega con fonética inglesa, lo que ya es todo un símbolo de su extensa formación temprana fuera de Grecia, en Inglaterra. Obtuvo cinco nominaciones al Oscar por ‘Zorba’, ‘Ifigenia’ y ‘Electra’ pero, su éxito no significó haber dejado una impronta por particularmente creativo o innovador.

Z, Costa-Gavras

Otro es el caso de Costa-Gavras. Su nombre, seudónimo de Konstantino Gavras, también refleja concesiones propias de su larga estancia formativa en el extranjero, en este caso Francia, pero de ningún tipo en los contenidos: todas sus películas hasta la fecha sostuvieron explícitamente una denuncia política valiente y admirable en producciones internacionales con actores famosísimos. Algunos son peliculones memorables y merecidamente multipremiados, como ‘Z’, ‘Estado de sitio’, ‘Missing’, ‘La caja de música (Mucho más que un crimen)’, ‘Mad City’, ‘Amén’ y varias más. Sin embargo griega-griega no hay ninguna, exceptuando que ‘Z’ se basa en una novela de ese país sobre el asesinato de un diputado que anticipó la dictadura de los coroneles, pero la trama transcurre en un sitio indeterminado y en francés con actores franceses (excepto Irene Pappas).

La mirada de Ulises, T. Angelopoulos

Theo Angelópoulos es un fenómeno diferente: su breve e intenso paso formativo por París simbolizan su esteticismo europeísta, pero sus películas son todas bien griegas. Como otros países con cinematografías luchando por abrirse paso, tuvo que recurrir al viejo truco de incluir como protagonistas a actores famosos extranjeros como Marcello Mastroianni, Bruno Ganz, Jeanne Moreau, Harvey Keitel y Erland Josephson, tal como nosotros hicimos en Argentina ya retornada la democracia (pienso en las protagonizadas por Mastroianni, Gian María Volonté, Liv Ullman, Julie Christie, José Sacristán o Imanol Arias). De todos modos, confieso que, más allá de su vuelo estético y que me gusta su cine, a veces me aburre por pretencioso, con sus planos interminables que le perdono a Tarkovksy o a Dreyer porque apuntan a lo místico en la esencia y los resultados, pero que en él tienen algo de pose que no me agrada.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

En fin, los mencionados están muertos o ya demasiado grandes, y como filoheleno amante del buen cine me alegró mucho ir viendo cómo un joven griego llamado Yorgos Lanthimos fue armándose un nombre ya desde su primera nominación al Oscar como mejor película extranjera en 2009 hasta su última película ‘The Favourite’, que acaba de ganar ayer el Gran Premio del Jurado en el Festival de Venecia, el premio a la mejor actriz protagonista y fue híper bien recibida por la crítica (supongo que acá la veremos recién el año que viene, ¡ufa!).

Yorgos Lanthimos (derecha) dirigiendo a Colin Farrell (centro)

Las dos primeras de estas últimas cinco películas tan reconocidas en los Oscar, Cannes, Venecia, Bafta y varios otros festivales, además de los de su país, son cien por cien griegas: ‘Kynodóndas’ (‘Canino’ o ‘Dogtooth’) y ‘Alps’. Las tres siguientes, dado el éxito de las primeras, tienen capitales y escenarios extranjeros con actores internacionales de trayectoria (Nicole Kidmann, Emma Stone y John C. Reill, y dos veces Colin Farrell, Rachel Weisz y Olivia Colman). Muchos argentinos vieron en televisión en el canal I-Sat ‘Canino’ y ‘Langosta’ (‘Lobster’), sin duda películas muy raras y que a mí me agradaron –al igual que ‘Alps’–, pero no me enloquecieron. Si hubiera sido por esas tres obras, no estaría escribiendo este artículo. Pero cuando fui a ver ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ (‘The killing of a sacred deer’), apenísimas empezada sentí que estaba delante de uno de esos grandes directores que a uno le conmueven radicalmente la existencia. Definitivamente. Y heme aquí.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

No soy crítico de cine o de arte, no sé ni me gusta analizar películas: cuando una buena obra de arte me conmueve quedo literalmente mudo y después no sé qué decir (me pasa lo contrario con el mal arte, que me produce una larguísima serie de insultos explícitos o sublimados que no se agota hasta que llego a compensar el disgusto sufrido). Sin embargo, semanalmente en mi programa de radio abordo alguna producción que considero particularmente valiosa narrando algunos detalles de color, algún elemento no spoilero de la trama y aludiendo a evocaciones, emociones específicas y el entusiasmo que me pueden provocar a mí o al invitado de turno.

De izquierda a derecha: Keoghan, Kidman, Lanthimos y Farrell en Cannes

En el caso de esta película de Lanthimos puedo decir que, como en sus obras previas, admiré los fortísimos riesgos asumidos por el director, empezando por el clima surrealista que genera la demarcación actoral, muy inusual y bizarra, y doblemente loable en cuanto se prestaron a ella luminarias como Nicole Kidman y Colin Farrell, ambos artistas que admiro inmensamente porque son gente linda y talentosa que se juega muy seguido también a elecciones de mucho riesgo y que ya me predispusieron favorablemente por su mero estar ahí: cuando el alto riesgo se equipara con alta calidad, las mandíbulas se me caen como a cualquier troglodita frente a un buen artista de circo. Los jovencitos están también fantásticos, muy particularmente Barry Keoghan, que tuvo unas cuantas nominaciones y premios por este papel.

Barry Keoghan en El sacrificio de un ciervo sagrado

La acción transcurre en Estados Unidos y desarrolla la típica trama de una familia de la alta burguesía cuya paz aparente se ve interrumpida por la irrupción de un extraño (Keoghan). Como en toda muy buena película, no importa tanto qué pasa como cómo se lo muestra. Se nota que el director también hace teatro, y a mí me hizo recordar mientras la veía a lo mejor de Haneke (sobre todo el de ‘Cachet’ o ‘Escondido’ o el de ‘Family games’), de Kubrick (particularmente de ‘El resplandor’) y de Pasolini (el de ‘Teorema’ y ‘Saló’). Lo que ya da una idea de la inquietud visceral que genera la obra, presentada en los medios como un thriller psicológico o sencillamente como una película de terror, que es el sentimiento que va in crescendo desde un primer momento hasta el final. Pero de la mano de una emoción estética que tiene que ver con la belleza en su más pura expresión, la del buen arte sincero, articulado e inteligente, y que aquí tiene toda la fuerza de la tragedia griega, sin olvidar otro componente intrínseco de la misma: el humor irónico, que aquí lo hay por demás y a veces con los recursos del teatro del absurdo a los que Lanthimos es tan proclive.

Colin Farrell y Nicole Kidman en El sacrificio de un ciervo sagrado

Después de mi larga introducción sobre mi percepción del cine de Grecia, cualquiera podría con todo derecho objetarme: ¿Y qué tiene de griego esta película, exceptuando al director? Bien, elípticamente (según él no estaba en la idea original de la obra) el título, la acción y una mención tangencial aluden a la tragedia de Eurípides ‘Ifigenia en Áulide’, donde para poder partir hacia la guerra de Troya su líder, Agamenón, debe sacrificar a su propia hija Ifigenia por orden de la diosa Artemisa para compensar la matanza que él había realizado por error de un ciervo sagrado en el bosque de la diosa (cierta tradición mitológica y literaria harán que luego Artemisa reemplace a la chica en el altar del sacrificio por otro ciervo sagrado). Pasolini afirmaba: “Los griegos tenían razón cuando decían que los pecados de los padres los pagan los hijos.” Y agregaba: “Es inevitable que así sea. Porque además así debe ser”.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

Cuando hace unos años, después de ver ese canto del cisne del genial octogenario Sidney Lumet que es ‘Antes que el diablo sepa que estás muerto’, salí del cine destruido y sin poder hablar por horas, sentí que por primera vez desde hacía mucho tiempo vivía el desgarro interior monstruoso asociado con la contemplación de la tragedia griega y sus crímenes familiares, la catarsis depurativa por el terror que menciona Aristóteles al caracterizar su esencia. Aquí viví lo mismo, ayudado por la banda sonora, potentísima, de música académica religiosa de distintos autores como Bach y Schubert, pero sobre todo de contemporáneos como Ligeti y la Gubaydulina, entre otros, que evoca esa vivencia de lo sagrado irrumpiendo en su forma más oscura y terrible: la de la justicia divina, inexorable y ausente de toda maldad.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

En suma, tuve el impulso de sentarme y compartir esto porque rara vez –no sé, digamos, cada dos años– tengo la impresión de haber visto una gran obra, de esas que le dan sentido por su mera existencia a la historia toda de la humanidad. Y en esto pido casi disculpas de que en mi vida el arte tenga esa dimensión tan central y fundamental psicológica, filosófica y religiosa, porque soy consciente de que para otros no es así o de que desde luego no los (con)mueven las mismas obras. Pero confío en que estos jirones de frases e imágenes puedan inspirar alguna curiosidad por ver esta pieza en particular, que ya por su misma calidad a mí me redime al cine griego moderno. Lanthimos y la belleza de su ciervo sagrado mediante.

Por lo que le estoy entonces tan, pero tan agradecido.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

 

Jerry Brignone, 9 de septiembre de 2018

 

El tzatziki, la Cámpora, el acordeón y el Partenón

Cuando fui hace 22 años por primera vez a Grecia, descubrí el tzatziki, una salsa/ensalada de pepino, ajo y yogur que me enloqueció y que traté de aprender de las mejores cocineras, restaurantes y tías incluidas. A la vuelta consideré seriamente fundar una religión alrededor de eso y me enteré por sitios web que otras personas en el mundo habían pensado lo mismo. Les enseñé a mi madre y mis hermanas y mis sobrinas la receta, quienes ahora lo preparan mucho mejor que yo y en mi familia todos son fanáticos.

Mi madre le enseñó a una empleada doméstica suya que también se fanatizó, y que al mismo tiempo trabajaba para un alto (…) directivo de La Cámpora del barrio, ése que anduvo con la griega bardera y bailó por un sueño. Todos los domingos los muchachos de la cúpula de la agrupación se reunían en su casa para chupar y morfar mientras debatían sus negocios y temas de militancia. Y se hicieron todos fanas del tzatziki de esta señora, que le pedían siempre que hiciera para comer como dip, cada vez más y más mamados.

Todo esto antes de la caída en desgracia de la desgraciada agrupación en nuestro generoso y tan desagradecido país. ¿Efecto causal, casual? Cada uno de nuestros actos tiene consecuencias realmente insospechadas, apenas hace unos días me enteré del efecto patriótico de mi encuentro fortuito y destinal con el tzatziki. Y me nace decir, como dicen los helenos: ZITO I ELÁDA!!! (¡¡¡Viva Grecia!!!).

Su pasado, testimoniado en sus ruinas ahí presentes sigue siendo fuente de inspiración y de construcción artística y política para el presente, y se sigue expresando en cosas tan aparentemente triviales como el tzatziki, cuando no en un instrumento de tan baja alcurnia como el acordeón.

No lo toco (literalmente y en todo sentido) desde hace muchísimos años, pero dos colegas griegos, Mary Galanou y Dimitis Koronakis, me propusieron grabar una entrevista de una hora y media en griego sobre las muchas cuestiones astrológicas que rodearon y rodean la realización de la película que filmé en Italia hace once años ‘Bomarzo 2007’, basada en la ópera de Ginastera y Mujica Lainez.

La conversación la llamaron “Simposio astrológico” y la hicimos mientras comiendo ricas cosas marinas griegas (desde luego, con tzatziki), en una taberna frente al templo de Hefesto, al lado de la Acrópolis. Y para darle más aire argentino, me invitaron a tocar ‘La cumparsita” en un acordeón que había a mano, y lo hicimos con el Partenón como fondo, mientras pasaba la gente.

Como hace tanto tiempo no tenía contacto con el instrumento, la cosa suena muy accidentada, no tan bonita como me salía hace años, pero… si uno no se da algunos gustos y no aprovecha las oportunidades que le va dando la vida, realmente es un boludo. Esa palabra tan argentina. Y sino, pregúntenle a los chicos de la Cámpora.

Jerry Brignone, 19 de agosto de 2018