Palabras y notas italianas

Hace rato que no escribo en este espacio porque estuve ocupadísimo organizando una Jornada académica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (que incluyó además un espectáculo) y todavía no termino con la post producción. La Jornada en cuestión llevó como título “Neohelenismo y filohelenismo en la universidad”, fue muy cálida y superó nuestras expectativas: ya hay y habrá cada vez más datos  AQUÍ.

No es ningún misterio para quienes han leído este blog o me conocen, que me gusta mucho y difundo la cultura griega y que tiene un espacio de privilegio en mi programa de radio  Las palabras y las notas: pasiones líricas, léxicas, helénicas y otros dramas  que lleva más de cuatro años al aire.

Pero como ya lo dice su mismo nombre, el programa es mucho más complejo y variado que eso. Y hoy quiero referirme a Italia, porque la italianidad está tan presente en la Argentina en todas partes, empezando por la comida y el tono y el léxico de nuestro castellano; y porque mis cuatro bisabuelos paternos nacieron en Varazze, cerca de Génova; y porque cuando chico se escuchaban en casa canzonettas napolitanas y las tocaba en el acordeón; y porque de púber me volví fanático de la ópera (desde luego en principio italiana); y porque luego filmé un largometraje en ese país y coseché tantos afectos y ahora enseño teatro en su lengua. Por todo eso y mucho más, la presencia de Italia en el programa es realmente grande.

Desde el Cónsul de Italia en Argentina en una de las primeras emisiones hasta ayer mismo el presidente de la Pirelli y del Hospital Italiano, pasaron una gran cantidad de artistas, intelectuales y gestores culturales, con algunos programas hechos en italiano con mi traducción consecutiva e incluso uno en vivo desde Roma.

El programa ‘Las palabras y las notas’ acaba de llegar a su emisión número 213: más de doscientas horas de un acervo cultural disponible extraordinariamente rico y heterogéneo, con el aporte de hasta ahora 116 maravillosos invitados y de oyentes muy participativos. Voy a dedicar este artículo a hace una referencia y su link a los programas que más tuvieron que ver con Italia para quienes les interese aunque sea mínimamente ese país y esa cultura. Y en el futuro voy a referirme en otros artículos también a temas completamente distintos que se han ido dando a lo largo de las emisiones.Desde luego, varias veces hemos hablado del buen cine italiano y en casi todos los programas se escuchó algo de ópera, especialmente italiana: incluso dediqué varias emisiones a una sola comentada, sea un acto entero o un eje temático; hasta ahora con I Pagliacci, Cavallería Rusticana, Tosca, La Boheme, Lucia di Lamermoor, Rigoletto, Il trovatore, Turandot, Gianni Schicchi o Il cappello di paglia di Firenze. Pero me referiré a ellos en otro artículo dedicado específicamente a la ópera en mi programa, que lo amerita.

 

                              

G. Scogniamiglio       M. Mazza                   E. Riva                      F. Livini

En 2014 tuve como invitado a Giuseppe Scogniamiglio, el Cónsul de Italia del que guardamos el mejor de los recuerdos por su extraordinario aporte a la actividad cultural local y su gran calidad humana, de la que da cuenta su participación en el programa 11. Lo mismo puedo decir de la visita de María Mazza en 2016, la Agregada Cultural de Italia y Directora del Instituto Italiano de Cultura, donde hizo una labor muy destacada en relación a las gestiones anteriores, audible en el programa 67, así como en 2017 de la italiana Elisabetta Riva, Directora de esa prolongación del suelo itálico que es el Teatro Coliseo, al que supo devolverle el brillo por el que es tan famoso, presente en el programa 124. Y ahora en 2018 Franco Livini, el Presidente de la Pirelli, del Hospital Italiano, de la Cristóforo Colombo e incansable gestor y conductor de tantos otros emprendimientos culturales para la comunidad, en el programa 213.

 

                              

  H. Palosuo              A. G. Onofri            S. Ceccotti               M. Vanni

Desde Roma hicimos en 2017 el programa en vivo y en italiano con el reconocido artista plástico finlandés Hannu Palosuo, radicado en esa ciudad, fue el programa 144. Y también en vivo telefónicamente en italiano desde Roma y conmigo en cabina en Buenos Aires, el videasta y autor Anton Giulio Onofri, especializado en música clásica, en el programa 173. Y en italiano fue la visita en 2015 del artista plástico de larguísima trayectoria Sergio Ceccotti, en el programa 60, y en 2016 la del crítico de arte y curador internacional Maurizio Vanni, Director del Museo de Lucca, en el programa 84.

 

            

M. Scaringella   D. Capano        N. Sforza           P. Anfossi        M. S. Balsas

El curador de arte contemporáneo italiano Massimo Scaringella visitó tres veces el programa: en 2014 nos habló de la Bienal del Fin del Mundo en el programa 8, en 2016, en el programa 112,  sobre su experiencia de gestionar arte en países en guerra o en crisis, y en 2018, en el programa 178, sobre el arte italiano contemporáneo.

Y tuvimos la visita de varios italianistas: en 2016 el Dr. Daniel Capano, prestigioso narratólogo con quien escuchamos muchos temas musicales de los 60 y 70 en el programa 74 y la Dra. Nora Sforza, filóloga especializada en cultura italiana, en el programa 85. Así como en 2015 la Prof. Patrizia Anfossi, profesora de italiano, en el programa 35, y en 2018 la Dra. María Soledad Balsas, investigadora en comunicación sobre consumos culturales de italianos en Argentina, en el programa 202.

 

            

CM. Menegazzo   C. Guerri       R. Iermoli       M. Albertini      S. Acchile

También tuvimos en 2017 la visita de argentinos de ascendencia italiana nacidos en Italia que vinieron a la Argentina de chicos y nos compartieron sus experiencias, como el reconocido psicodramatista Dr. Carlos María Menegazzo en el programa 151 y el semiólogo Dr. Claudio Guerri, en el programa 158. Y la de muchos descendientes de italianos que en su visita rozaron esa temática, como en 2015 el Director del Hospital de Clínicas, Dr. Roberto Iérmoli, en el programa 23, y la reconocida actriz televisiva Marta Albertini, en el programa 24 y la terapeuta Lic. Silvia Acchile, en el programa 61.

 

  

           Pier Paolo Pasolini                               Umberto Eco

Pero además dediqué un par de programas a famosos italianos ya fallecidos a quienes admiro mucho, en 2016 a Pier Paolo Pasolini, en el programa 94, y en 2018 a Umberto Eco, en el programa 183. Y en 2014 a Venecia, en el programa 6, y al año siguiente a la presencia del griego en el lunfardo a través del italiano, en el programa 14.

Espero que estas referencias hayan sido de utilidad y que les interese escuchar algunos de estos programas.

¡Hasta la próxima!

Jerry Brignone, 4 de noviembre de 2018

La ópera va al cine

A mucha gente la ópera no le gusta ni un poquito. Por desconocimiento o porque probaron y no les agradó. Y aunque al cine la mayoría lo tiene naturalizado como parte de la vida y lo disfruta, hay también a quien no le interesa casi nada y a unos muy pocos incluso les disgusta.

La Traviata de Giuseppe Verdi por Franco Zeffirelli (1982)

A quien no les guste para nada ni la ópera ni el cine, supongo que este artículo tampoco le va a interesar (dudo que ni siquiera me esté leyendo). Está dirigido a esa gran zona intermedia de mucho o poco gusto, desinterés o hasta disgusto con alguno de los dos géneros artísticos mencionados, con el fin de compartir algunas experiencias y sugerencias que hacen al cruce históricamente muy bizarro entre ambos, para explorar así la posibilidad de lograr un mayor conocimiento y un disfrute de cada uno y de su particular combinación.

La ópera nació en Italia entre fines del siglo XVI y principios del XVII como un intento Renacentista de revivir el carácter multimediático de la antigua tragedia griega, que había sido un espectáculo de masas que combinaba en forma integral narrativa teatral con poesía,  actuación, canto solista y coral, danza, música instrumental y artes plásticas. Aunque el arte lírico nació como un experimento elitista cortesano, rápidamente se aburguesó y comercializó al punto de convertirse en el género más popular y de más audiencia del siglo XIX y principios del XX.

Por esta misma época el cinematógrafo inventado en Francia por los hermanos Lumiere tomaría la posta de la ópera en cuanto a espectáculo público, aunque ampliando por sus bajos costos su alcance en términos de llegada a grandes públicos, al tiempo que empezaba plenamente con la Gran Depresión el fenómeno social conocido como ‘cultura de masas’, siempre en aumento en las décadas siguientes gracias a los avances de la tecnología y los medios de comunicación.

Carmen de Georges Bizet por Cecil B. DeMille (1915)

Apenas superada muy temprano la barrera del audio, el cine también se convirtió en un espectáculo multimediático que compensaba la falta de la cercanía que da la presencia en vivo de sus intérpretes con la amplificación de su imagen y la mayor velocidad y amplitud narrativa que permitía la técnica. El prestigio y fuerza popular todavía vigente de la ópera llevó a que ya desde los inicios del cine se la intentara trasladar a la pantalla, incluso en su etapa previa muda (sic). Pero la gran llegada que tenían ambos géneros masivos no se potenció mutuamente, más bien al contrario, y muy pronto quedó en claro que la simbiosis era estéticamente muy problemática en cuanto manejaban lenguajes a veces opuestos.

No voy a extenderme aquí sobre las dificultades conceptuales y materiales de esta compleja combinación, ya que fue brillantemente abordado en más de una ocasión por especialistas, y remito para ello a un trabajo muy interesante presentado en la Universidad de Salamanca por el investigador Francisco Parralejo Masa.

La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeus Mozart por Ingmar Bergman (1975)

Sólo voy a consignar para quien no lo supiera que personalmente amo a la ópera y al buen cine desde muy temprano en mi vida con esa pasión típica de los fanáticos, los nerds y los coleccionistas maniáticos obsesivos. Y que me duele en el alma saber que tanta gente, por falta de familiaridad, se pierde de gozar de una de las manifestaciones humanas más ricas y complejas existentes. Por otro lado, estoy convencido de que la ópera filmada es una excelente vía de aproximación al mundo del drama lírico, sobre todo hoy cuando se la puede acceder desde casa sin costo y en segundos gracias a la disponibilidad de la web.

Por eso dediqué un programa de radio entero al tema hace un tiempo, el audio de una hora puede escuchárselo aquí:  PROGRAMA DE RADIO SOBRE OPERA FILMADA.  Y para sustanciar mejor los muchos datos y reflexiones que compartía acerca de esta compleja y a veces muy feliz unión de ópera y cine, un día antes de la emisión de ese programa creé una página web con muchos links y algunas imágenes de apoyo.

Madama Butterfly de Giacomo Puccini por Frédéric Mitterrand (1995)

Porque el arte es por lejos una de las mejores cosas que me han pasado en la vida y que nos pueden pasar como sociedad, y siendo la ópera y el cine dos formas en su momento tan populares de arte, es legítimo sospechar que, más allá de los propios gustos inmediatos, pueden tener mucho para ofrecernos, sobre todo pensados en forma combinada.

Pero… como ya dije que esa combinación tiene elementos que chocan entre sí, y el hecho es que a mi juicio solamente hay un puñado de producciones (digamos entre 20 y 40) que podría considerarse que logran ese súmmum de experiencia estética y una posible introducción efectiva a la ópera para quien no se hubiera metido mucho en el tema y pudiera tener alguna curiosidad.

Maria Callas como Tosca de Giacomo Puccini en la versión de Franco Zeffirelli televisada en Londres en 1964

Como suele pasar con las mejores cosas de la vida, la mayor parte del resto de las otras cientos o miles de versiones que uno pudiera encontrar en YouTube a mi juicio dan el resultado exactamente opuesto de alejamiento: demasiadas veces vi a alguien tomar contacto por primera vez con la ópera a través de alguna mala versión en el Teatro Colón y perder desde entonces y para siempre todo entusiasmo o interés por el género.

De ahí mi deseo de dedicar este post hoy, a 41 años exactos de la muerte de la gran María Callas, a una exhaustiva y didáctica introducción como cicerone a la ópera filmada como canal de acceso y profundización de nuestro contacto con la emoción y la reflexión estéticas.

La Boheme de Giacomo Puccini por Baz Luhrmann (1993)

Este post se continúa entonces más abajo en el link a la página que dije que había dedicado al tema. ¡¡¡Espero que haya interesado lo suficiente como para visitarla aunque sea un minuto!!!

http://www.jbrignone.com.ar/operafilmada.html

Cosi fan tutte de W. A. Mozart por Michael Haneke (2013)

Jerry Brignone, 16 de septiembre de 2018

El verano y las tabernas en Atenas

Grecia es sinónimo para muchos de verano con su mar, sus playas, sus casitas blancas mediterráneas y una picada al aire libre bajo la luna y las estrellas… También sinónimo del escenario arquetípico de la taberna y la alegría de su música en vivo bebiendo, comiendo y bailando. Pero, paradoja, en Atenas no hay tabernas en verano.

¿Y esto a quién podría importarle? ¡Bueno, a mí muchísimo y me costó varios viajes convencerme! Hoy, recién regresado de una larga estadía estiva en esa ciudad y todavía embargado de fuertes y hermosas vivencias, sigo sintiendo la relevancia que podría tener el tema para cualquier persona interesada no sólo en Grecia sino también en los fenómenos culturales en general.

En mi caso no es para menos: me había enamorado perdidamente de ese país y de su cultura toda hace 25 años, a principios de los 90, justamente por una visita a una taberna, una de las últimas que quedaban en Buenos Aires, espacios maravillosamente decadentes (como en algunos casos, nuestras milongas) que habían sabido de tiempos mejores y que por entonces transitaban sus últimos estertores.

La taberna en cuestión quedaba en Montevideo y Córdoba. Un lugar del cual no sabía nada y que sólo tenía un cartel colgando en la puerta con la inscripción “Takis Taberna Griega”. Sin existir todavía Internet y con poquísima música griega en las disquerías, mi interés reciente por ese mundo musical que ya adivinaba fascinante me llevó a vencer mi timidez y por fin una noche animarme a meterme.

Estaba casi vacío, lo que me sirvió para relajarme e ir entrando en confianza. Después de un largo rato llegaron los músicos y empezaron a tocar, con uno de ellos cantando (el Takis del cartel, de apellido Delénikas). Y decididamente me gustó. Muchísimo, Esperaba cada tema cada vez con más ganas, mientras iban sumándose nuevos parroquianos, que habrán alcanzado a unos treinta. Me sorprendió ver que algunos se levantaban y bailaban en la pequeña pista: generalmente danzas de dos o de uno, y también alguna más grupal.

A medida que se iba caldeando progresivamente el clima, los bailarines se iban sucediendo, ninguno contratado para un show, sino los mismos clientes que asistían a la velada. Y lo que más me fascinaba, mientras caía en la cuenta, era la asombrosa diversidad de ese público: marineros que suponía griegos, claramente algunas prostitutas, gitanos en algunos casos de aspecto de cuidar, pero también ejecutivos de traje y corbata y familias enteras con sus viejitas venerables y los niños manejándose como en casa. Cada uno pasaba y tenía su momento de protagonismo, y cuando no, miraba con respeto al que estaba en ese momento adelante. En ciertas rondas grupales participaban casi todos, en una diversidad sociológica que me resultaba inconcebible en ningún otro contexto.

¡Y con esa música! Esa misma música que Jorge Luis Borges cantó en su poema “Música griega”, surgido de su atenta y reiterada escucha en ese mismísimo espacio donde yo estaba, cuando su esposa María Kodama tomaba clases de danza con quien después sería mi gran amigo, Jorge Dermitzakis, y Takis hacía trinar su buzuki y entonaba con su voz inconfundible esos temas hechos de puro espíritu. La comunión de esa música pitagórica de las esferas con esa festiva convivencia en la diversidad por el otro, más una justa dosis de bebidas espirituosas acompañando danzas tan vívidas y únicas, se me hacía en todo la figura de un paraíso aquí en la tierra, un arquetipo de lo totalmente posible porque de hecho estaba ocurriendo ahí. Si una palabra pudiera resumir lo que en ese espacio ocurría era “alegría”. Una alegría primordial como aclamación de la vida, simple y espontánea celebración de existir.

Cuando salí de la taberna esa noche, sabía que algo había sido profundamente conmovido dentro de mí y sin necesidad de meditarlo ni por un instante supe que había encontrado el mundo en el que quería vivir. Fue una experiencia en todo sentido iniciática y la segunda visita que mencioné no tuvo que ver ni por asomo con la desilusión, como a veces pasa con estas cosas sino, al contrario, con una plena confirmación. A los treinta y un años de edad fui enteramente poseído en cuerpo y alma por el espíritu de la Hélade y me preguntaba en qué había malgastado mis treinta años anteriores.

La plenitud que me causaba escuchar música griega y verla bailar naturalmente me llevó a querer aprender a bailarla y ser uno más con la gente de la taberna. Aprendí con una mujer en un local nocturno griego en Perón y Suipacha llamado “Oniro”, no muy entusiasmante como taberna pero no importaba: era griego. Lo mismo podía decir de “Fandasu”, traducción literal al griego del “Imagine” de John Lennon, de quien el dueño era fanático. No había muchas más opciones: el famoso sótano “Alexis” de Cerrito y Santa Fe había perdido su antiguo glamour y ahora era un bar de coperas donde lo único que se escuchaba de griego era una versión paupérrima de Zorba una sola vez en la noche. Por su parte, el legendario “Skorpios” de Santa Fe y Rodríguez Peña, que tanto hizo delirar a Buenos Aires en los 70 y parte de los 80, ya había cerrado hace rato y todos los otros poco a poco languidecían.

Como ya dije, me fascinaba el aire decadente de estos espacios que desaparecieron hace años por diversas variables económicas, incluyendo que los barcos griegos ya no atracan en nuestro puerto y que con los años los inmigrantes están cada vez más grandes o muertos. Me remitían a otro mundo, un poco marginal y un poco encantado. Takis cerró su local de la calle Montevideo y abrió otro en Humberto I y Entre Ríos llamado “Salónica”, pero convocaba poco público, excepto las trabajadoras que se morían de aburrimiento. Después se mudó a la taberna “Zorba” de Independencia a una cuadra de Entre Ríos, con mayor convocatoria, no sólo algunos marineros sino también muchos gitanos, ladrones confesos muy divertidos y muy de vez en cuando algún griego local o descendiente.

En casi todas mis visitas la pasé fantásticamente bien porque ahí también por fin me animé a salir a bailar, y luego cada vez más. Como sentía que me tenían cierto aprecio y esto me daba confianza, junté fuerzas y pedí cantar en griego con la orquesta mis dos tres caballitos de batalla que me sabía de memoria.

Estudiar el idioma para entender qué decían las letras me abrió nuevos caminos en la vida, pero la visita al país en cuestión era un hito inevitable, una Meca. Y fue confirmatoria y nuevamente iniciática: el primer viaje de un mes en el invierno griego y otro poco después de dos meses profundizaron este entusiasmo, y viví algunas experiencias nocturnas de taberna intensas con ese sabor de lo auténtico y músicos más sofisticados.

Cuando, años después empecé a por fin poder visitar el país en verano, como hacían la mayor parte de las personas que yo conocía y envidiaba por eso, empecé a buscar lógicamente el súmmum idealizado de la experiencia de taberna pero en los entornos igualmente idealizados del aire libre y demás. Y me tomó tiempo convencerme de que no era una cuestión de mala suerte, sino una realidad de la que me terminaron de persuadir varios residentes, el hecho de que el “formato taberna”, si bien menos popular y numeroso que hace unas décadas, en Atenas era un fenómeno más bien invernal. Porque el griego, con su excelente clima mediterráneo tan poco lluvioso, asocia necesariamente el verano con el aire libre, y ese escenario grupal festivo no pareciera adecuado a los patios abiertos en las veredas. Causa o consecuencia es que los mejores músicos también se toman vacaciones (para los griegos son sagradas) o, más lucrativamente, se van a trabajar a otros países con fuerte inmigración como Estados Unidos, Canadá, Australia o Alemania.

Pero porfiado, el que busca encuentra, aunque no encuentre exactamente lo que buscaba. Amo demasiado a esa ciudad, a la que en otros artículos le dedicaré más espacio, y una de mis pasiones desde mi primer encuentro es caminarla, caminarla y caminarla en todos sus recovecos y callecitas, y de a poco y con las horas de caminata diaria durante meses y a lo largo de los años pude ir descubriendo algunas cosas.

No quizás tabernas en el sentido hasta ahora expuesto, pero en Atenas en verano hay un clima musical, un entorno en el que por una razón u otra uno está siempre escuchando sonar alguna música, sobre todo griega. Desde luego hay decenas de locales de comida y bebida con mesas al aire libre para turistas e inclusive griegos, y muchos de ellos tienen dos o tres músicos tocando en vivo, generalmente con micrófono. Apiñados en el centro habrá unos veinte o más. Pero lamentablemente la rutina comercial orientada al extranjero hace que la perfomance de la mayoría de esos músicos que están ejecutando durante horas todos los días tenga cualquier cosa menos entusiasmo y, en muchos casos, menos todavía pericia técnica o calidad musical. En Grecia hay un término para esto: ‘skiládiko’ (skilos significa perro, o sea que los cantantes “ladran” como perros). Lo que a mi sensibilidad le causa el efecto contrario al deseado.

Poco a poco fui descubriendo sin embargo que en tal o cual lugar algunos días de la semana podían encontrarse músicos que ponían el alma en lo que hacían, contagiando el placer que les daba tocar y transmitiendo todo eso que pude haber vivido, aunque fuere de otra manera, en mis experiencias iniciales de taberna. Esa plenitud, esa alegría, esa emoción, esa exaltación, esa mística que no puedo adjudicar solamente a un gusto personal mío, sino a algo del orden de lo que Gurdjieff llamaba “el arte objetivo”.

Pude encontrar apenas tres o cuatro de estos lugares, no más, pero fueron un tesoro. Quedaban en mis calles favoritas de Atenas, en el centro histórico: Ermú, Adrianú y Mnisikléus. En una de ellas los músicos eran casi siempre distintos, nueve de cada diez casos, excelentes, y encima tocaban sin micrófono, lo que le daba un aura más especial todavía. Pocos parroquianos en un lugar maravillosamente desangelado, céntrico, en plena calle y con cero estrategias de seducción al turista, con artistas especializados en la rembétika, esa música que tiene un dejo de otro mundo, incluso oriental, y no sólo con guitarra y buzuki, esa especie de mandolina típica de la música griega, sino también con algún otro instrumento folclórico.

La música griega, aunque refiere en sus letras a ese dolor tanguero y quejoso, en general tiene esa alegría, esa vitalidad, esa luminosidad que es como un canto a la vida, pero hay que recordar que ellos también son los inventores de la tragedia. De hecho, tragudi, que en griego moderno es canción, tiene la misma base de tragedia, porque la tragedia se cantaba: declamada pero también con música. El antiguo ritual del dios del vino Dionisio con el chivo expiatorio, el tragos, que es la base del teatro y de la liturgia cristiana, tiene un pathos típicamente mediterráneo que en estos espacios se hace más que presente.

En lugares como éstos pasé literalmente casi todas mis noches de estos últimos largos viajes en Atenas, y como una parte de mi disfrute también es compartirlo, por eso este escrito. También lo hago casi semanalmente en mi programa de radio, del cual pueden escucharse los hasta ahora 200 programas en este link de aquí:  LINK,  donde a veces dediqué un programa entero a Grecia e inclusive  ESTE  a la taberna, emitido, como otros, desde Atenas. Y para quien guste meterse un poco más en esta música más allá de los comentarios del programa, comparto aquí un link de descarga de más de 150 temas en mp3 que fui juntando con los años e incluyen desde luego a la mayoría de mi favoritos:  MUSICA GRIEGA.

La taberna es una pieza clave del imaginario griego en su forma de concebirse a sí mismo y de cómo vemos a esa cultura, un lugar esencial en la construcción de su identidad: casi todas las películas en blanco y negro de la época del cine de oro de Grecia transcurren ahí. Sobre todo y arquetípicamente, esa maravilla cinematográfica de 1960 que es ‘Nunca en domingo’ de Jules Dassin, protagonizada por su esposa Melina Mercouri.

Desafortunadamente Buenos Aires no ofrece mucho lugares donde se pueda vivir esto: hemos tenido históricamente una pésima suerte con los restaurantes griegos (sea en cantidad como, sobre todo, en calidad, más allá de su éxito), y a falta de las verdaderas tabernas a las que me referí, ahora hay una fiesta grupal que algunas colectividades griegas organizan cada tanto y a la que llaman ‘taberna’, pero donde para mí están ausentes la calidad y la mística de todo lo descripto.

Como dije, a esa taberna de Takis Delénikas de la calle Montevideo venía seguido Jorge Luis Borges, que escuchaba muy atentamente, mientras María Kodama tomaba sus clases de danza griega. Y una noche escribió este poema, que le dictó por teléfono a Carlos Ulanovsky para publicar en Clarín en 1985, un año antes de morir, con el título ‘Música griega’:

Mientras dure esta música, seremos dignos del amor de Helena de Troya.
Mientras dure esta música, seremos dignos de haber muerto en Arbela.
Mientras dure esta música, creeremos en el libre albedrío, esa ilusión de cada instante.
Mientras dure esta música, seremos la palabra y la espada.
Mientras dure esta música, seremos dignos del cristal y de la caoba, de la nieve y del mármol.
Mientras dure esta música, seremos dignos de las cosas comunes, que ahora no lo son.
Mientras dure esta música, seremos en el aire la flecha.
Mientras dure esta música, creeremos en la misericordia del lobo y en la justicia de los justos.
Mientras dure esta música, mereceremos tu gran voz Walt Whitman.
Mientras dure esta música, mereceremos haber visto, desde una cumbre, la tierra prometida.

Jerry Brignone, 14 de agosto de 2018