La belleza de un ciervo sagrado

La aparición de un cineasta griego que logre que la cinematografía de ese país trascienda el reducido circuito local helénico o el elitista de los festivales de cine hacia un reconocimiento comercial e internacional más amplio es una gran alegría para los amantes del buen cine y de la cultura griega.

Reconozcámoslo: la experiencia de acercarnos al cine realizado en Grecia es más bien pobre o decepcionante, sobre todo ante las expectativas que pudiéramos traer por la trascendencia de ese país para la historia de la identidad occidental. Aunque los filohelenos atesoramos un puñado de películas muy queridas, la realidad es que no son cien por cien griegas, porque las películas que cruzaron fronteras llevaban insitas en la construcción de su ‘ser helénico’ una relación muy fuerte con lo extranjero, reflejando lo ocurrido con la independencia del siglo XIX respecto del yugo turco otomano pero bajo el patronazgo de las otras potencias europeas de entonces.

La mirada de Ulises, T. Angelopoulos

Hace tres años dicté en la Universidad de Buenos Aires un curso cuatrimestral gratuito donde proyectamos y analizamos desde la perspectiva de la semiótica social y los procesos de construcción imaginaria de identidades sociales once películas estrenadas entre 1960 y 2003 que tematizaban este interrogante sobre la identidad de los griegos contemporáneos y su relación con sus míticos antepasados ante sí mismos y respecto del extranjero.

Las once películas eran de muy buenas a excelentes, algunas filmadas o producidas por capitales griegos, otras claramente foráneas pero con asunto, personajes o actores griegos o de ese origen, y su elección obedecía obviamente a la temática abordada. Incluían dos de los ejemplos más tempranos, emblemáticos y fundantes: ‘Nunca en domingo’ de Jules Dassin y ‘Zorba el griego’ de Michel Cacoyannis.

Nunca en domingo, J. Dassin

La de Dassin, un prodigio cinematográfico por donde se la mire, es muy griega y filmada en el Pireo con mayoría de actores del país, pero fue escrita, dirigida y coprotagonizada por un norteamericano (aunque el apellido confunde, era un intelectual de Connecticut exitoso en Hollywood perseguido por la inquisición macartista). Y en ‘Zorba’, los tres protagonistas estaban encarnados por actores extranjeros (el mexicano Anthony Quinn, el inglés Alan Bates y la rusa Lila Kedrova), con un director que prefirió afrancesare el nombre para que pudiera circular en el extranjero. En ambas el idioma inglés supera ampliamente al griego y están claramente narradas desde la perspectiva de un extranjero angloparlante.

Zorba el griego, M. Cacoyannis

Cuando pienso en películas verdaderamente extraordinarias que me atrevería a incluir entre las mejores –digamos– cien vistas en mi vida, no puedo incluir ninguna ciento por ciento griega. Y ello pese a que allí hay cine desde un principio y que tuvo una Época de Oro como el cine argentino o mexicano de las décadas del 30 al 50, aunque un poquito más tarde, dado que no ayudaron las tremendas contiendas bélicas que debieron atravesar la primera mitad del siglo, incluida la guerra civil a fines de ese período.

Como en Italia pero con menos inversión industrial, el Plan Marshall trajo una sensación de bonanza en el esparcimiento de masas que se tradujo en una gran producción de comedias en blanco y negro y luego en color, muchas musicales y en un tono siempre costumbrista, a veces turístico, menos veces dramático o policial, y que si hoy se siguen dando en la televisión con un espíritu similar al de nuestros canales Volver o Cine.ar TV del INCA, convocan más bien a la nostalgia o a un gusto asumidamente camp por el cine de culto, sea por demodé, por berreta o por malo.

Rebetiko, C. Ferris

Los siete duros años de la dictadura de los coroneles (1967-1974), como en la inmediatamente posterior en Argentina, no ayudaron a la industria, y el regreso de la democracia trajo algunos productos bien nacionales interesantes y estéticamente prolijos como la ‘Ifigenia’ de Cacoyannis de 1977 y ‘Rebétiko’ de Costas Ferris en 1983, pero no lograron marcar una tendencia. Más bien hubo comedias torpes y dramas sociales autocompasivos y lamentosos que terminaban siendo bastante aburridos. Y más tarde el típico cine experimental para festivales cercano a la estudiantina que cada tanto los filohelenos corríamos a ver religiosamente en el BAFICI de Buenos Aires, contentos de escuchar a actores griegos hablando su lengua pero luego un poco tristes por no haber visto –una vez más– una gran película.

Ifigenia, M. Cacoyannis

Tres nombres lograron trascender y destacarse en el panorama internacional: uno de ellos es el ya mencionado Michel Cacoyannis, que también lo escriben a la inglesa Michael y Mihalis a la griega con fonética inglesa, lo que ya es todo un símbolo de su extensa formación temprana fuera de Grecia, en Inglaterra. Obtuvo cinco nominaciones al Oscar por ‘Zorba’, ‘Ifigenia’ y ‘Electra’ pero, su éxito no significó haber dejado una impronta por particularmente creativo o innovador.

Z, Costa-Gavras

Otro es el caso de Costa-Gavras. Su nombre, seudónimo de Konstantino Gavras, también refleja concesiones propias de su larga estancia formativa en el extranjero, en este caso Francia, pero de ningún tipo en los contenidos: todas sus películas hasta la fecha sostuvieron explícitamente una denuncia política valiente y admirable en producciones internacionales con actores famosísimos. Algunos son peliculones memorables y merecidamente multipremiados, como ‘Z’, ‘Estado de sitio’, ‘Missing’, ‘La caja de música (Mucho más que un crimen)’, ‘Mad City’, ‘Amén’ y varias más. Sin embargo griega-griega no hay ninguna, exceptuando que ‘Z’ se basa en una novela de ese país sobre el asesinato de un diputado que anticipó la dictadura de los coroneles, pero la trama transcurre en un sitio indeterminado y en francés con actores franceses (excepto Irene Pappas).

La mirada de Ulises, T. Angelopoulos

Theo Angelópoulos es un fenómeno diferente: su breve e intenso paso formativo por París simbolizan su esteticismo europeísta, pero sus películas son todas bien griegas. Como otros países con cinematografías luchando por abrirse paso, tuvo que recurrir al viejo truco de incluir como protagonistas a actores famosos extranjeros como Marcello Mastroianni, Bruno Ganz, Jeanne Moreau, Harvey Keitel y Erland Josephson, tal como nosotros hicimos en Argentina ya retornada la democracia (pienso en las protagonizadas por Mastroianni, Gian María Volonté, Liv Ullman, Julie Christie, José Sacristán o Imanol Arias). De todos modos, confieso que, más allá de su vuelo estético y que me gusta su cine, a veces me aburre por pretencioso, con sus planos interminables que le perdono a Tarkovksy o a Dreyer porque apuntan a lo místico en la esencia y los resultados, pero que en él tienen algo de pose que no me agrada.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

En fin, los mencionados están muertos o ya demasiado grandes, y como filoheleno amante del buen cine me alegró mucho ir viendo cómo un joven griego llamado Yorgos Lanthimos fue armándose un nombre ya desde su primera nominación al Oscar como mejor película extranjera en 2009 hasta su última película ‘The Favourite’, que acaba de ganar ayer el Gran Premio del Jurado en el Festival de Venecia, el premio a la mejor actriz protagonista y fue híper bien recibida por la crítica (supongo que acá la veremos recién el año que viene, ¡ufa!).

Yorgos Lanthimos (derecha) dirigiendo a Colin Farrell (centro)

Las dos primeras de estas últimas cinco películas tan reconocidas en los Oscar, Cannes, Venecia, Bafta y varios otros festivales, además de los de su país, son cien por cien griegas: ‘Kynodóndas’ (‘Canino’ o ‘Dogtooth’) y ‘Alps’. Las tres siguientes, dado el éxito de las primeras, tienen capitales y escenarios extranjeros con actores internacionales de trayectoria (Nicole Kidmann, Emma Stone y John C. Reill, y dos veces Colin Farrell, Rachel Weisz y Olivia Colman). Muchos argentinos vieron en televisión en el canal I-Sat ‘Canino’ y ‘Langosta’ (‘Lobster’), sin duda películas muy raras y que a mí me agradaron –al igual que ‘Alps’–, pero no me enloquecieron. Si hubiera sido por esas tres obras, no estaría escribiendo este artículo. Pero cuando fui a ver ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ (‘The killing of a sacred deer’), apenísimas empezada sentí que estaba delante de uno de esos grandes directores que a uno le conmueven radicalmente la existencia. Definitivamente. Y heme aquí.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

No soy crítico de cine o de arte, no sé ni me gusta analizar películas: cuando una buena obra de arte me conmueve quedo literalmente mudo y después no sé qué decir (me pasa lo contrario con el mal arte, que me produce una larguísima serie de insultos explícitos o sublimados que no se agota hasta que llego a compensar el disgusto sufrido). Sin embargo, semanalmente en mi programa de radio abordo alguna producción que considero particularmente valiosa narrando algunos detalles de color, algún elemento no spoilero de la trama y aludiendo a evocaciones, emociones específicas y el entusiasmo que me pueden provocar a mí o al invitado de turno.

De izquierda a derecha: Keoghan, Kidman, Lanthimos y Farrell en Cannes

En el caso de esta película de Lanthimos puedo decir que, como en sus obras previas, admiré los fortísimos riesgos asumidos por el director, empezando por el clima surrealista que genera la demarcación actoral, muy inusual y bizarra, y doblemente loable en cuanto se prestaron a ella luminarias como Nicole Kidman y Colin Farrell, ambos artistas que admiro inmensamente porque son gente linda y talentosa que se juega muy seguido también a elecciones de mucho riesgo y que ya me predispusieron favorablemente por su mero estar ahí: cuando el alto riesgo se equipara con alta calidad, las mandíbulas se me caen como a cualquier troglodita frente a un buen artista de circo. Los jovencitos están también fantásticos, muy particularmente Barry Keoghan, que tuvo unas cuantas nominaciones y premios por este papel.

Barry Keoghan en El sacrificio de un ciervo sagrado

La acción transcurre en Estados Unidos y desarrolla la típica trama de una familia de la alta burguesía cuya paz aparente se ve interrumpida por la irrupción de un extraño (Keoghan). Como en toda muy buena película, no importa tanto qué pasa como cómo se lo muestra. Se nota que el director también hace teatro, y a mí me hizo recordar mientras la veía a lo mejor de Haneke (sobre todo el de ‘Cachet’ o ‘Escondido’ o el de ‘Family games’), de Kubrick (particularmente de ‘El resplandor’) y de Pasolini (el de ‘Teorema’ y ‘Saló’). Lo que ya da una idea de la inquietud visceral que genera la obra, presentada en los medios como un thriller psicológico o sencillamente como una película de terror, que es el sentimiento que va in crescendo desde un primer momento hasta el final. Pero de la mano de una emoción estética que tiene que ver con la belleza en su más pura expresión, la del buen arte sincero, articulado e inteligente, y que aquí tiene toda la fuerza de la tragedia griega, sin olvidar otro componente intrínseco de la misma: el humor irónico, que aquí lo hay por demás y a veces con los recursos del teatro del absurdo a los que Lanthimos es tan proclive.

Colin Farrell y Nicole Kidman en El sacrificio de un ciervo sagrado

Después de mi larga introducción sobre mi percepción del cine de Grecia, cualquiera podría con todo derecho objetarme: ¿Y qué tiene de griego esta película, exceptuando al director? Bien, elípticamente (según él no estaba en la idea original de la obra) el título, la acción y una mención tangencial aluden a la tragedia de Eurípides ‘Ifigenia en Áulide’, donde para poder partir hacia la guerra de Troya su líder, Agamenón, debe sacrificar a su propia hija Ifigenia por orden de la diosa Artemisa para compensar la matanza que él había realizado por error de un ciervo sagrado en el bosque de la diosa (cierta tradición mitológica y literaria harán que luego Artemisa reemplace a la chica en el altar del sacrificio por otro ciervo sagrado). Pasolini afirmaba: “Los griegos tenían razón cuando decían que los pecados de los padres los pagan los hijos.” Y agregaba: “Es inevitable que así sea. Porque además así debe ser”.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

Cuando hace unos años, después de ver ese canto del cisne del genial octogenario Sidney Lumet que es ‘Antes que el diablo sepa que estás muerto’, salí del cine destruido y sin poder hablar por horas, sentí que por primera vez desde hacía mucho tiempo vivía el desgarro interior monstruoso asociado con la contemplación de la tragedia griega y sus crímenes familiares, la catarsis depurativa por el terror que menciona Aristóteles al caracterizar su esencia. Aquí viví lo mismo, ayudado por la banda sonora, potentísima, de música académica religiosa de distintos autores como Bach y Schubert, pero sobre todo de contemporáneos como Ligeti y la Gubaydulina, entre otros, que evoca esa vivencia de lo sagrado irrumpiendo en su forma más oscura y terrible: la de la justicia divina, inexorable y ausente de toda maldad.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

En suma, tuve el impulso de sentarme y compartir esto porque rara vez –no sé, digamos, cada dos años– tengo la impresión de haber visto una gran obra, de esas que le dan sentido por su mera existencia a la historia toda de la humanidad. Y en esto pido casi disculpas de que en mi vida el arte tenga esa dimensión tan central y fundamental psicológica, filosófica y religiosa, porque soy consciente de que para otros no es así o de que desde luego no los (con)mueven las mismas obras. Pero confío en que estos jirones de frases e imágenes puedan inspirar alguna curiosidad por ver esta pieza en particular, que ya por su misma calidad a mí me redime al cine griego moderno. Lanthimos y la belleza de su ciervo sagrado mediante.

Por lo que le estoy entonces tan, pero tan agradecido.

El sacrificio de un ciervo sagrado, Y. Lanthimos

 

Jerry Brignone, 9 de septiembre de 2018

 

8 Replies to “La belleza de un ciervo sagrado”

  1. Me resultó iluminadora la idea de la ausencia de toda maldad en la ejecución de la justicia divina, que ayuda a entender el personaje del joven no como un psicópata sino como el que realiza el orden de lo divino en el mundo.
    Así como la frase que citás de Pasolini sobre la herencia de la culpa familiar, con la cual estoy de acuerdo en varios sentidos.
    Muy buena la nota y aprovechables los datos sobre películas que merece la pena ver.

    1. Muchas gracias Alicia por tu comentario! Esa incertidumbre o ambigüedad de Lanthimos es una de las tantas cosas que siento que hacen a esta película una obra maestra. Beso grande

  2. Fascinada con tu manera de transmitir tu saber
    siempre inteligente, sensible y profundamente vivencial.
    Gracias por el aporte; tengo pendiente para ver varias peliculas que comentas .

  3. Qué buena semblanza del cine griego, imprescindible no sólo para el que se acerque por primera vez a él sino también para el conocedor que, seguramente, revivirá emociones ante la mención de títulos tan amados. Coincido en tu valoración del film de Lanthimos. Aún recuerdo la sensación física de sentirme atravesada por un rayo y, al mismo tiempo, fascinada por la belleza de las imágenes y los sonidos. Genial muestra de la supervivencia de los mitos clásicos y su remantización permanente en el arte de cada época.

    1. Gracias Nora! Sobre todo viniendo de vos, que tanto has dedicado a profundizar en la resemantización de los inquietantes mitos griegos! Y me detengo en el lapsus in manibus porque éstos son siempre numinosos, como entrevió Freud (y aquí, más bien Jung): las mancias y lo mántico, intrínsecos a esos mitos y más puntualmente al mensaje del sacerdote de Artemisa, con Lanthimos recuperan su carácter hierático y sagrado en plena modernidad: siempre -para bien o para mal- proféticos. Beso grande!

  4. Excelente nota. Vi varias de esas películas. Todas maravillosas. Es muy bueno transmitir la cultura griega de esta forma. Como siempre aportando tus saberes para que todos podamos crecer un poco y sentir tanta maravilla.

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